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Ardiente paciencia

Esto va a pa­re­cer una exal­ta­ción pas­to­ral, ale­jada del tema del ofi­cio de es­cri­bir, pero tengo la es­pe­ranza de que quie­nes ten­gan la pa­cien­cia de lle­gar al fi­nal lo vean de otra ma­nera. Pasé gran parte del sá­bado pa­sado ca­vando ho­yos para sem­brar pa­rras. No re­cuerdo cuándo fue la úl­tima vez que tuve una ex­pe­rien­cia se­me­jante, pero dado que te­nía las he­rra­mien­tas apro­pia­das —una fla­mante pala, ti­je­ras para cor­tar raí­ces y una pala de trans­plan­tar— pensé que la ta­rea no se­ría difícil (…)

Ser la persona herida

Heridos en la Playa Omaha, 1944

En el «Canto a mí mismo» de Whit­man hay un pa­saje en el que éste es­cribe: «No le pre­gunto a la per­sona he­rida cómo se siente / yo mismo me con­vierto en la per­sona he­rida». Es­tos dos ver­sos pa­re­cen re­su­mir una de las cru­ces de la fic­ción, la cues­tión de si es po­si­ble es­cri­bir desde el punto de vista de otra per­sona. En otras pa­la­bras, si es po­si­ble que un es­cri­tor cree un per­so­naje muy di­fe­rente a sí mismo (…)

Déjame que te cuente

El hombre invisible

Los in­ven­to­res del cine, quizá de­bido a que este me­dio era ra­di­cal­mente nuevo, no se die­ron cuenta de las po­si­bi­li­da­des de su in­vento. Se con­ten­ta­ron con mos­trar la ima­gen en mo­vi­miento que, para en­ton­ces, pa­re­cía bas­tante. Los pri­me­ros ci­neas­tas, aun­que com­pren­die­ron la ca­pa­ci­dad na­rra­tiva del cine, pen­sa­ron que te­nían que in­ven­tarlo todo (…)