Archives

Para narrar ha nacido

En toda fic­ción hay un per­so­naje que nace listo para cum­plir su fun­ción, y muere, o por lo me­nos des­a­pa­rece, tan pronto como ha cum­plido su pro­pó­sito. Es el ser efí­mero de la fic­ción. Usual­mente se lo co­noce como el «na­rra­dor». El nom­bre se presta a ve­ces a cier­tos ma­los en­ten­di­dos, pero su pa­ren­tesco con los na­rra­do­res ora­les le otorga un pe­di­gree di­fí­cil de re­fu­tar. El na­rra­dor en fic­ción es la «in­te­li­gen­cia» que cuenta la his­to­ria. En­tre sus ca­rac­te­rís­ti­cas, la que me­nos se dis­cute es el he­cho de que esa in­te­li­gen­cia tiene una consciencia (…)

Los ortodoxos del lápiz rojo

Diálogo en la ficción

Re­sulta cu­rioso que la pa­ra­doja de ha­blar por es­crito nos pa­rezca tan na­tu­ral. Quizá se deba a que re­sulta in­tui­tivo re­co­no­cer que el diá­logo en la na­rra­ción goza de un sta­tus di­fe­rente del diá­logo en la vida real. Sin em­bargo, hay al­gu­nos es­cri­to­res que se ago­bian de­ma­siado en su in­tento de «cap­tu­rar» la reali­dad, sin darse cuenta de que el diá­logo en fic­ción es una crea­ción ar­ti­fi­cial que sólo puede crear el «efecto de reali­dad» del que ha­bla Barthes (…)

El placer de las Ficciones

Pulp Fiction

La pri­mera vez que leí el fa­moso tí­tulo de Bor­ges, tuve la im­pre­sión de que éste, ex­cén­trico, lo ha­bía ele­gido para di­fe­ren­ciar sus cuen­tos, la ma­yo­ría de ellos de corte fi­lo­só­fico, de los otros que por en­ton­ces se pu­bli­ca­ban. Esta de­duc­ción inocente gozó de buena sa­lud du­rante mu­chos años (…)

Esta pared no existe

Molino de viento

Cuando leí por pri­mera vez Don Qui­jote, una de las imá­ge­nes que me quedó me­jor gra­bada en la me­mo­ria fue aque­lla de los mo­li­nos de viento, que ima­giné en­ton­ces como gi­gan­tes­cas cons­truc­cio­nes blan­cas, re­cor­ta­das con­tra un cielo man­chego lleno de nu­bes gri­ses. Cuando tuve la opor­tu­ni­dad, no dudé ni un ins­tante en via­jar hasta La Man­cha, para ver en per­sona los le­gen­da­rios mo­li­nos de viento. Los del Qui­jote no existían (…)

El doctorado de Borges

Aprendiendo a escribir

Una pre­gunta que to­da­vía me ha­cen cuando ha­blo so­bre el tema de las maes­trías en crea­ción li­te­ra­ria es: ¿Se puede en­se­ñar a es­cri­bir? Es una pre­gunta re­tó­rica, por su­puesto. Y la ex­pe­rien­cia me ha en­se­ñado que quie­nes las plan­tean no tie­nen la me­nor in­ten­ción de es­cu­char la res­puesta. Sin em­bargo, vale la pena to­marla en se­rio, por­que quizá ex­prese un pro­blema no resuelto (…)

Leyendo Don Quijote

Debo a la con­jun­ción de un es­pejo y un viejo ta­ller de sas­tre el des­cu­bri­miento de Don Qui­jote. No el de Pie­rre Me­nard, sino, fe­liz­mente, el es­crito por Mi­guel de Cer­van­tes. En­ton­ces yo to­da­vía no sa­bía leer, y gra­cias a que en el pue­blo no ha­bía te­le­vi­sión, una de mis for­mas fa­vo­ri­tas de en­tre­te­ni­miento era es­cu­char leer a mi abuelo. Él ha­bía sido sas­tre cuando jo­ven, y en su ve­jez, cuando su cargo de juez de pri­mera ins­tan­cia le de­jaba tiempo, se ha­bía con­ver­tido en un for­mi­da­ble lector. (…)