La palabra feroz de Philip Roth

Anthony Hopkins como Coleman Silk

Ant­hony Hop­kins como Co­le­man Silk

La con­ven­ción del es­cri­tor como tes­tigo de la his­to­ria que na­rra es quizá tan an­ti­gua como la li­te­ra­tura misma. En épo­cas re­cien­tes se la ha aso­ciado con la prác­tica del pe­rio­dismo, la his­to­ria, la au­to­bio­gra­fía, y, na­tu­ral­mente, el tes­ti­mo­nio. La pre­sen­cia del au­tor den­tro de la na­rra­ción po­dría en­ten­derse como una re­be­lión con­tra la con­ven­ción, tam­bién ar­ti­fi­cial, del au­tor om­nis­ciente: la pre­sen­cia in­vi­si­ble que nos cuenta la ma­yo­ría de no­ve­las. Tam­bién po­dría de­cirse que es un sín­toma de que la ten­sión en­tre reali­dad y fic­ción si­gue, fe­liz­mente, to­da­vía sin resolver.

En las le­tras nor­te­ame­ri­ca­nas quizá el au­tor que ha cul­ti­vado con más ar­dor esa forma na­rra­tiva sea Phi­liph Roth. Desde la apa­ri­ción de The Ghost Wri­ter (1979), hasta la más re­ciente Exit Ghost (2007), Roth crea una larga saga de no­ve­las con­ta­das por Nat­han Zu­cker­man, un es­cri­tor que com­parte casi to­dos sus ras­gos bio­grá­fi­cos, y que, a ve­ces como pro­ta­go­nista, y otras como tes­tigo, es quien nos cuenta sus no­ve­las. En nues­tra tra­di­ción La­ti­noa­me­ri­cana no re­sulta di­fí­cil ci­tar a Ro­berto Bo­laño, cuyo Ar­turo Be­lano es un al­ter ego que lo su­planta en sus no­ve­las, sir­vién­dole, como a otros au­to­res, de más­cara y avío li­te­ra­rio. Esta forma na­rra­tiva que en­fa­tiza la pre­sen­cia del au­tor, tam­bién sirve para hil­va­nar el cuerpo na­rra­tivo de The Hu­man Stain (2000), pu­bli­cada como La man­cha hu­mana (Al­fa­guara, 2006), a me­dio ca­mino de la saga Zuckerman.

Re­du­cir cual­quier no­vela a un tema es no en­ten­derla. Cosa que re­sulta bas­tante apa­rente en el caso de The Hu­man Stain, que no sólo si­gue el desa­rro­llo de la do­ble mo­ral nor­te­ame­ri­cana, y su ten­den­cia a la mo­ji­ga­te­ría pú­blica, sino tam­bién las ten­sio­nes ra­cia­les, las di­ver­sas for­mas de fa­na­tismo, y el des­fase en­tre la es­ta­tura in­te­lec­tual y la pos­tura ética. Sin em­bargo, como en la ma­yo­ría de no­ve­las, The Hu­man Stain tiene un hilo na­rra­tivo cen­tral. Éste si­gue la his­to­ria de Co­le­man Silk, un pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio de li­te­ra­tura clá­sica, que des­pués de ga­narse al­gu­nos enemi­gos como de­cano de su fa­cul­tad, vuelve a las au­las uni­ver­si­ta­rias, donde co­mete un mi­núsculo error que le cuesta la ca­rrera, y, se­gún su vi­sión del mundo, la vida de su esposa.

El he­cho ocu­rre cuando Co­le­man está a punto de lle­gar al aula:

En la clase ha­bía ca­torce es­tu­dian­tes. Co­le­man ha­bía lla­mado lista al prin­ci­pio de cada clase para apren­derse sus nom­bres. Como para la quinta se­mana del se­mes­tre ha­bía dos que no ha­bían res­pon­dido, Co­le­man, en la sexta se­mana, em­pezó la clase pre­gun­tando: «¿Co­noce al­guien a es­tas per­so­nas? ¿Exis­ten o son spooks

Más tarde lo sor­pren­dió que su su­ce­sor, el nuevo de­cano de la fa­cul­tad, lo lla­mara a su ofi­cina para dis­cu­tir la acu­sa­ción de ra­cismo que ha­bían he­cho los dos es­tu­dian­tes au­sen­tes, que eran ne­gros, y que, aun­que no es­tu­vie­ron en clase, se ha­bían en­te­rado del tér­mino con el que los ha­bía ca­li­fi­cado cuando se pre­gun­taba por su ausencia.

El tér­mino «spook», mo­tivo de la con­tro­ver­sia, y uno de los ejes so­bre los que gira la no­vela, es in­tra­du­ci­ble. Es uno de los ca­sos en los que, como se­ñalé en «Hi­jos de Ba­bel», el tra­duc­tor tiene la obli­ga­ción de acer­car­nos a la cul­tura ori­gi­nal. Es una lás­tima que en este caso se haya usado la ex­pre­sión «ne­gro humo». Co­le­man, tan cui­da­doso con el len­guaje, lo ha­bría evi­tado; por un lado por­que suena for­zado, pero tam­bién por­que tiene una evi­dente con­no­ta­ción ra­cista. Es jus­ta­mente el he­cho de que Co­le­man usara spook, un tér­mino que se presta al su­til juego de mal en­ten­di­dos que le da po­der per­sua­sivo a la novela.

De ori­gen ho­lan­dés, el tér­mino sig­ni­fica fan­tasma, apa­ri­ción. De ahí el ad­je­tivo spooky para algo que pro­duce el efecto se­me­jante al de la apa­ri­ción de un fan­tasma. Se po­pu­la­rizó du­rante la época de la se­gre­ga­ción ra­cial en los Es­ta­dos Uni­dos para lla­mar des­pec­ti­va­mente a las per­so­nas de ori­gen afri­cano. Lo que Co­le­man plan­tea no es que ha­yan des­a­pa­re­cido, que se ha­yan «he­cho humo», como im­plica la tra­duc­ción, sino que quizá es­tén allí en un plano me­ta­fí­sico, en es­pí­ritu, por así de­cirlo. En su con­no­ta­ción ra­cista, al lla­mar­los «spooks» se es­ta­ría su­gi­riendo que aun­que es­tén allí, son una pre­sen­cia fan­tas­mal, in­cor­pó­rea, pri­vada de to­dos los pri­vi­le­gios que una per­sona blanca de­be­ría tener.

Por su­puesto, Co­le­man ex­plica que, se­gún el con­texto en el que usó el tér­mino, y de­bido a que no ha­bía visto nunca a los es­tu­dian­tes, era ob­vio que su in­ten­ción no ha­bía sido ra­cista, sino que ha­bría alu­dido al pri­mer sig­ni­fi­cado del tér­mino: fan­tasma (ghost). Pero el de­cano, co­bar­de­mente, pre­fiere no acla­rar pú­bli­ca­mente el asunto. Como Co­le­man se ha ga­nado al­gu­nos enemi­gos, in­clu­sive en­tre los pro­fe­so­res que él mismo ha con­tra­tado, no en­cuen­tra a na­die que quiera acla­rar la falsa acu­sa­ción de ra­cismo que pesa so­bre él. La si­tua­ción no sólo re­vela que las li­mi­ta­cio­nes éti­cas no tie­nen nada que ver con el desa­rro­llo in­te­lec­tual, ni con las ideas po­lí­ti­cas, sino tam­bién es­conde una do­ble capa de iro­nía que Roth ex­plota a lo largo de la novela.

Re­sulta que Co­le­man, des­pués de ga­nar una beca sir­viendo en la US Navy, se con­vierte en uno de los pri­me­ros pro­fe­so­res ju­díos en el sis­tema uni­ver­si­ta­rio nor­te­ame­ri­cano. Sor­prende que un miem­bro de una mi­no­ría per­se­guida por mu­cho tiempo haga un co­men­ta­rio ra­cista so­bre el miem­bro de otra mi­no­ría, pero, la­men­ta­ble­mente, no es inusual, y ésta es la po­si­ción de la uni­ver­si­dad. Roth no deja que las co­sas se que­den allí. La do­ble iro­nía, uno se llega a en­te­rar des­pués, re­sulta del he­cho de que Co­le­man tam­poco es de ori­gen ju­dío, como ha­bía de­cla­rado desde que se en­roló en la ma­rina, sino que des­ciende de di­ver­sos gru­pos ét­ni­cos en­tre los que se cuen­tan na­ti­vos ame­ri­ca­nos, sue­cos, ho­lan­de­ses e in­gle­ses, to­dos ellos en­tron­ca­dos en una fa­mi­lia de ori­gen afri­cano. De modo que cuando niño Co­le­man crece en me­dio de una fa­mi­lia ne­gra aun­que la blan­cura de su piel su­giera otro orígen.

La no­vela tiene que hi­lar muy fino para no per­der nues­tra con­fianza, y Roth lo lo­gra, a pe­sar de que, como ve­re­mos, hi­lar fino no es lo que hace me­jor. En los Es­ta­dos Uni­dos de los años 40 bas­taba una le­jano pa­riente de ori­gen ne­gro para que una per­sona fuera con­si­de­rada ne­gra (en tér­mi­nos le­ga­les se­guía siendo el caso du­rante los años de la ley de Af­fir­ma­tive Ac­tion). Co­le­man, atra­pado en ese mo­mento his­tó­rico, de­cide como otros miem­bros del clan an­tes que él aban­do­nar a su fa­mi­lia para in­ven­tarse otra iden­ti­dad. Su en­tre­na­dor de bo­xeo le da la clave de cómo lo­grarlo. Cuando Co­le­man le pre­gunta qué van a pen­sar so­bre su ori­gen cuando lo vean bo­xear, el en­tre­na­dor le dice que la gente lo verá como lo que pa­rece: «un chico ju­dío». Cor­mac Mc­Carthy di­ría que el de­seo de Co­le­man está con­de­nado al fra­caso. En la no­vela, por lo me­nos, no es tanto un fra­caso como una amarga vic­to­ria. Co­le­man con­si­gue que to­dos, in­clu­sive su es­posa y sus hi­jos, lo to­men por el chico ju­dío que siem­pre quiso ser; to­dos, claro está, me­nos él mismo, ya que pasa el resto de su vida ator­men­tado por su secreto.

El otro gran tema de la no­vela es la re­la­ción otoño-primavera en­tre Co­le­man, ya viudo, se­ten­tón y to­da­vía en buena forma, y una mu­jer «blanca» que tiene «la mi­tad de [su] edad», como le re­cuerda una ex co­lega en una carta anó­nima. Fau­nia Far­ley, que así se llama la mu­jer blanca, tam­bién tiene un se­creto, que dejo pen­diente por si no han leído la no­vela to­da­vía. Esta re­la­ción en­tre un hom­bre ma­yor y una mu­jer jo­ven es un tropo de larga data —don Qui­jote tam­bién está pren­dado de una Al­donza Lo­renzo que tiene me­nos de la mi­tad de su edad— y Roth vuelve a ex­plo­rarlo en The Dying Ani­mal (2001). Pero si este tema no es tan no­ve­doso, ni po­de­roso como el pri­mero, ad­quiere fuerza na­rra­tiva gra­cias al re­curso na­rra­tivo que Roth ma­neja mejor.

Po­dría­mos lla­marlo «la pa­la­bra fe­roz». Se trata de pa­sa­jes en los que bien Zu­cker­man en su pro­pia voz, o fo­ca­li­zado en uno de los per­so­na­jes, es ca­paz de mez­clar na­rra­ción y en­sayo, mor­daz crí­tica po­lí­tica y re­cuento his­tó­rico, di­gre­sión y pre­ci­sión des­crip­tiva con una prosa cuyo vi­gor sos­tiene el im­pulso na­rra­tivo, aun­que, en tér­mi­nos con­ven­cio­na­les es­tos pa­sa­jes no sean es­tric­ta­mente ne­ce­sa­rios. Me atre­ve­ría a su­ge­rir que esta sub­ver­sión exi­tosa del «prin­ci­pio de eco­no­mía» de la no­vela es uno de los fac­to­res que han con­ver­tido a Roth en uno de los es­cri­to­res nor­te­ame­ri­ca­nos me­jor vis­tos y más pre­mia­dos. No­ten en el pa­saje si­guiente, por ejem­plo, como Zu­cker­man hil­vana mu­chos ni­ve­les dis­cur­si­vos sin que se pierda la in­ten­si­dad ni el foco.

Co­le­man ha lle­vado a Zu­cker­man a la granja cer­cana donde, ade­más de su em­pleo en la uni­ver­si­dad, Fau­nia tam­bién tra­baja or­de­ñando vacas.

Ha­bía sólo once va­cas, Jer­seys de pura raza, y cada una te­nía un nom­bre a la an­ti­gua en lu­gar de un nú­mero en la oreja. Como su le­che no se mez­claba con la de un in­menso re­baño al que se le in­yec­tan quí­mi­cos de toda ín­dole, y por­que, sin los com­pro­mi­sos de la pas­teu­ri­za­ción ni la des­truc­ción que pro­duce la ho­mo­ge­ni­za­ción, la le­che ad­qui­ría un leve co­lor, in­clu­sive algo del sa­bor de lo que es­tu­vie­ran co­miendo en la es­ta­ción —co­mida que ha­bía sido cul­ti­vada sin pes­ti­ci­das, her­bi­ci­das ni fer­ti­li­zan­tes quí­mi­cos— y por­que su le­che era mu­cho más nu­tri­tiva que las le­ches mez­cla­das, ésta era apre­ciada por quie­nes quie­ren man­te­ner una dieta fa­mi­liar a base de pro­duc­tos na­tu­ra­les en lu­gar de los in­dus­tria­les. La granja te­nía una fuerte clien­tela, par­ti­cu­lar­mente en­tre quie­nes vi­vían cerca, en­tre los ju­bi­la­dos, así como en­tre las nue­vas fa­mi­lias que ha­bían huido de la po­lu­ción, la frus­tra­ción y las hu­mi­lla­cio­nes de las gran­des ciu­da­des. En el pe­rió­dico lo­cal apa­re­cía con fre­cuen­cia una carta a los edi­to­res es­crita por un re­cién lle­gado que ha­bía en­con­trado una nueva vida en esa zona ru­ral, y que men­cio­naba en tono re­ve­rente la le­che Or­ga­nic Li­ves­tock, no sólo como una be­bida de­li­ciosa, sino tam­bién como el epí­tome de la fres­cura y la dul­zura cam­pes­tre que le ha­cen tanta falta a un es­pí­ritu idea­lista citadino.

Es sólo una frac­ción de uno de los mu­chos pa­sa­jes vi­go­ro­sos que se sos­tie­nen gra­cias a la in­ten­si­dad del dis­curso, pero no al ser­vi­cio de un ideal es­té­tico, ni como acá­pi­tes edi­to­ria­les al ser­vi­cio del au­tor au­sente, sino por­que es un dis­curso siem­pre fo­ca­li­zado en un per­so­naje, in­clu­sive cuando se trata del na­rra­dor, de modo que no son ver­da­des trans­cen­den­ta­les, sino que re­fle­jan la ver­dad lo­cal con la que cada uno de los per­so­na­jes —en­tre los que apa­rece un ex ve­te­rano de Viet­nam aco­sando a un ex ve­te­rano de la Se­gunda Gue­rra Mun­dial— ve el mundo. La es­truc­tura no li­neal de la no­vela, así como la va­ria­ción que ofre­cen las fo­ca­li­za­cioi­nes, le per­mite a Roth apro­ve­char tan bien este re­curso sin que las cos­tu­ras afeen el re­sul­tado fi­nal. Esto com­pensa, en gran me­dida, la falta de desa­rro­llo que al­gu­nos per­so­na­jes, so­bre todo los fe­me­ni­nos, tie­nen en la pluma de Roth. Pero no es una com­pen­sa­ción pe­queña, ni mu­cho menos.

Como se­ñalé al prin­ci­pio, el he­cho de que el na­rra­dor de la no­vela sea un es­cri­tor, un al­ter ego de Phi­lip Roth nos hace pen­sar por su­puesto en la re­la­ción que existe en­tre fic­ción y reali­dad. En el caso de Roth ha­ría falta se­ña­lar que, ade­más de eso, su pa­la­bra fe­roz re­sulta mu­cho más ve­ro­sí­mil por­que el es­cri­tor es tam­bién un per­so­naje de la na­rra­ción. Ese des­censo es sin duda es­tra­té­gico pero acepta los ries­gos de la fa­li­bi­li­dad hu­mana. Una voz de au­to­ri­dad, única, re­sul­ta­ría no sólo mo­nó­tona, sino, al fi­nal, ter­mi­na­ría per­diendo su po­der de per­sua­sión (basta ho­jear al­gu­nas no­ve­las del si­glo die­ci­nueve para ver a qué me re­fiero). Los pa­sa­jes como el ci­tado lí­neas arriba, no re­sul­ta­rían per­sua­si­vos si no es­tu­vie­ran te­ñi­dos por las di­ver­sas con­cien­cias de los per­so­na­jes de la no­vela. No se­ría una exa­ge­ra­ción de­cir que es un ejem­plo de lo que Bakh­tin plan­teó en su for­mi­da­ble es­tu­dio so­bre la poé­tica de Dos­toievsky. Bakh­tin afir­maba, con ra­zón, que uno de los ro­les de la no­vela es cap­tu­rar la na­tu­ra­leza dia­lo­gica de la ex­pe­rien­cia hu­mana: la forma en que cada uno de no­so­tros ex­presa una pro­pia vi­sión del mundo, una vi­sión que se en­tre­cruza con las de los de­más, no siem­pre en ar­mo­nía, pero siem­pre de ma­nera fruc­tí­fera. Es lo que marca la es­ta­tura de Phi­lip Roth, y por lo que les re­co­miendo leer The Hu­man Stain (La man­cha hu­mana).

Un comentario en “La palabra feroz de Philip Roth”

  1. Cesar Klauer 14 noviembre 2010 at 9:34 pm #

    «Spook» po­dría ser tra­du­cido tal vez como «es­pec­tro», y, como bien di­ces, es clave para en­ten­der el pro­blema del pro­fe­sor Silk. Un paaje que me llamó la aten­ción es aquel en el que Silk es re­co­no­cido como «nig­ger» por un ven­de­dor en una tienda y él se siente re­cha­zado, dis­cri­mi­nado, aún siendo, en apa­rien­cia blanco de piel. Nos hace ver que la dis­cri­mi­na­ción en esa so­cie­dad no es solo por el co­lor de piel sino que va más allá, a la des­cen­den­cia, una «man­cha» que se lleva siempre.


Deja un comentario


seis × = 6