Leer como escritor

Joyce Ca­rol Oa­tes, quien cree que uno debe leer como escritor.

Una le­jana una tarde en Cho­sica, cuando in­ten­taba cru­zar el Río Rí­mac sal­tando de pie­dra en pie­dra, viví mo­men­tos de pá­nico cuando el ejem­plar de Moby Dick que leía cayó a las es­pu­mo­sas aguas del río. Era una edi­ción en rús­tica de Bru­guera cuya tapa mos­traba la fa­mosa ba­llena en fondo blanco. El lomo del li­bro subía y ba­jaba por en­tre las enor­mes pie­dras, ale­ján­dose, al pa­re­cer, para siem­pre. Sin pen­sarlo de­ma­siado, co­rrí por la ori­lla, res­ba­lán­dome en las pie­dras lus­tro­sas, de­ses­pe­rado ante la po­si­bi­li­dad de per­der el li­bro que tanto me ha­bía cos­tado con­se­guir. No cap­taba en­ton­ces el ex­traño pa­ra­lelo —per­se­guir el lomo blanco del li­bro que se ale­jaba en el agua— en parte por­que en­ton­ces te­nía doce años, pero quizá la ra­zón más im­por­tante sea que en­ton­ces to­da­vía no leía como escritor.

En­ton­ces leía para per­derme por com­pleto en ese uni­verso pa­ra­lelo que es la fic­ción. Sin em­bargo, cuando em­pecé a es­cri­bir noté un cam­bio muy claro en mi ac­ti­tud ha­cia la lec­tura. Em­pecé a leer lá­piz en la mano, ano­tando al mar­gen co­men­ta­rios so­bre la fun­ción es­truc­tu­ral de cada parte, el efecto que se bus­caba, la forma en que el au­tor pa­saba de un punto de vista a otro, en fin, con­vir­tiendo la lec­tura en un ejer­ci­cio de crí­tica, así como de apren­di­zaje. No sé si to­dos los es­cri­to­res ha­gan lo mismo. He oído al­gu­nos que di­cen —de ma­nera un poco pre­ten­ciosa— que ya no leen fic­ción. Por mi parte, me alienta el sa­ber que, guar­dando las dis­tan­cias, los es­cri­to­res que ad­miro han he­cho lo mismo: Na­bo­kov que ano­taba co­pio­sa­mente los li­bros que leía, Var­gas Llosa que leía a Wi­lliam Faulk­ner con «lá­piz en mano», sólo para po­ner dos ejem­plos notables.

Debo con­fe­sar que quien me inició en esta prác­tica fue Joyce Ca­rol Oa­tes. La es­cri­tora nor­te­ame­ri­cana, cuya vasta obra po­dría ha­cer­nos pen­sar que no tiene tiempo para leer, ex­plica en su her­moso en­sayo «Leer como es­cri­tor» qué pre­gun­tas se hace cuando lee un texto que ad­mira. El año pa­sado con la pu­bli­ca­ción de The Faith of a Wri­ter vol­vió a la idea prin­ci­pal: la prác­tica de es­cri­bir in­cluye la prác­tica de una lec­tura mi­nu­ciosa, que es, en buena cuenta, leer como escritor.

Hay quie­nes afir­man —Var­gas Llosa, en­tre otros— que leer lá­piz en mano arruina el efecto de un texto de fic­ción. En mi ex­pe­rien­cia, le­jos de ma­tar el texto, leer lá­piz en mano es con­ver­tir el pro­ceso en un acto do­ble­mente pla­cen­tero. Des­pués de todo, si es cierto que cada he­mis­fe­rio ce­re­bral se re­la­ciona con el mundo de ma­nera di­fe­rente, es po­si­ble que el he­mis­fe­rio de­re­cho —el crea­dor— par­ti­cipe en la pri­mera forma de lec­tura, mien­tras que el iz­quierdo —más ana­lí­tico— esté a cargo de la se­gunda forma. Nada im­pide, por su­puesto, que luego de leer con el he­mis­fe­rio iz­quierdo uno pueda vol­ver al texto para leerlo otra vez con el he­mis­fe­rio de­re­cho. Es po­si­ble que las gran­des obras de fic­ción sean aque­llas que per­mi­tan am­bas lec­tu­ras sin que una ne­ce­sa­ria­mente mate a la otra.

Aque­lla le­jana tarde, des­pués de un par de res­ba­lo­nes, lo­gré al­can­zar el Moby Dick. To­da­vía lo con­servo, a pe­sar de sus ho­jas arru­ga­das y su cu­bierta des­co­lo­rida. Es para mí una suerte de amu­leto que me re­cuerda que un es­cri­tor es tal sólo si se apoya en una vida de­di­cada a la lectura.

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