Monstruos de latón

Frankenstein: «monstruo de aspecto»

Fran­kens­tein: «mons­truo de aspecto»

Desde los fa­mo­sos cí­clo­pes que apa­re­cen en el li­bro nueve de la Odi­sea, hasta el inol­vi­da­ble Drá­cula de Bram Sto­ker, pa­sando por el in­mor­tal Fran­kens­tein de la no­vela epó­nima de Mary She­lley, los mons­truos han sido ob­jeto de fas­ci­na­ción en li­te­ra­tura. Es­tos mons­truos, por ser tan di­fe­ren­tes de quie­nes nos con­si­de­ra­mos «nor­ma­les», son como los ani­ma­les ra­ros de un zoo­ló­gico, que mi­ra­mos fas­ci­na­dos, in­clu­sive con cierto ho­rror, pero que al fi­nal nos dan la sa­tis­fac­ción adi­cio­nal de re­cor­dar­nos que no so­mos como ellos. Esos mons­truos, lla­mé­mos­los «de as­pecto», in­clu­sive se in­fil­tran en los cuen­tos in­fan­ti­les sin que a na­die le pa­rezca pro­ble­má­tico. Los otros, los que po­dría­mos lla­mar «de ac­ción», sí son ob­je­ta­dos con fre­cuen­cia. En­tre otras co­sas por ser tan pa­re­ci­dos a los que nos con­si­de­ra­mos nor­ma­les. Ese pa­rece ser el caso de Hanna Sch­mitz de la no­vela El lec­tor (Der Vor­le­ser) de Bern­hard Schlink.

Por un tiempo, el cine nos ha­bía acos­tum­brado a una ima­gen es­te­reo­tí­pica de los na­zis, in­clu­sive cuando ac­to­res como Pe­ter Otoole, en la inol­vi­da­ble The Night of the Ge­ne­rals (1967), pa­re­cen sa­lirse de la fi­gura de la­tón que con fre­cuen­cia se usa para re­pre­sen­tar­los. El pro­blema con desa­rro­llar un per­so­naje de ese tipo — un cri­mi­nal de gue­rra, en buena cuenta — es que se re­quiere hi­lar muy fino, por­que hay siem­pre una crí­tica po­si­ble, una que pa­rece con­tar con un peso mo­ral avasallador.

El ar­gu­mento es que al «hu­ma­ni­zar» se­me­jante per­so­naje se co­rre el riesgo de des­per­tar la sim­pa­tía del lec­tor, cosa que puede lle­varlo a per­do­nar crí­me­nes ho­rren­dos. Es una pos­tura que pa­rece abra­zar, de ma­nera im­plí­cita, lo que Witt­gens­tein de­cía en su fa­moso Trac­ta­tus: «So­bre lo que no po­de­mos ha­blar de­be­mos guar­dar si­len­cio». ¿Por qué re­sulta tan pro­ble­má­tica la «hu­ma­ni­za­ción» de un cri­mi­nal de guerra?

En pri­mer lu­gar, quizá val­dría la pena po­nerse de acuerdo en lo que sig­ni­fica «hu­ma­ni­zar» a un per­so­naje. No se­ría arries­gado de­cir que con­siste en cons­truir un per­so­naje que es a ve­ces con­tra­dic­to­rio, que tiene an­sie­dad y te­mo­res, y que tam­bién se preo­cupa por co­sas pe­que­ñas — como ver si hay le­che en la re­fri­ge­ra­dora, o mi­rarse al es­pejo an­tes de sa­lir — al igual que cual­quiera de no­so­tros. Es el caso de Hanna Sch­mitz. El na­rra­dor nos mues­tra el gran miedo que pa­rece go­ber­nar su vida, hasta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias, así como el he­cho de que, como cual­quier otra per­sona, es ca­paz de por­tarse como una buena sa­ma­ri­tana de vez en cuando.

Al­gu­nos crí­ti­cos se­ña­lan que al ha­ber creado se­me­jante per­so­naje Sch­link está pro­po­niendo una forma de re­den­ción para los na­zis. La sim­pa­tía que a ve­ces des­pierta Hanna es­ta­ría fa­ci­li­tando que le per­do­ne­mos los ho­rren­dos crí­me­nes co­me­ti­dos. Di­chos crí­ti­cos pa­re­cen creer a pie jun­ti­llas el viejo re­frán fran­cés: «En­ten­der todo es per­do­nar todo» (Tout com­pren­dre, c’est tout par­don­ner), y que tam­bién es parte del dis­curso de con­ci­lia­ción del mundo an­glo­sa­jón: «En­ten­der es per­do­nar» (To un­ders­tand is to for­give). Me atrevo a su­ge­rir, sin em­bargo, que es un te­mor in­fun­dado, y que, ade­más, es­conde otro mu­cho ma­yor, más pe­li­groso, so­bre el cual pa­rece que to­dos «de­be­mos guar­dar silencio».

En pri­mer lu­gar, no existe nin­guna co­ne­xión ló­gica, ni ne­ce­sa­ria­mente emo­tiva, en­tre el acto de com­pren­der y el de per­do­nar. Com­pren­der tiene que ver más con la ad­qui­si­ción de co­no­ci­miento que con las emo­cio­nes. En el caso de Hanna Sch­mitz, el com­pren­der cómo es po­si­ble que ese per­so­naje, da­das sus cir­cuns­tan­cias par­ti­cu­la­res, pueda ac­tuar de una ma­nera mons­truosa, es­tará siem­pre me­diado por nues­tro sis­tema de va­lo­res. In­clu­sive si un lec­tor se sin­tiera in­cli­nado a per­do­narla, ese per­dón no ten­dría va­lor al­guno, ya que las única per­so­nas que real­mente pue­den per­do­narla son aque­llas que han su­frido por su culpa.

Quizá quie­nes re­cha­zan per­so­na­jes como Hanna Sch­mitz ten­gan en mente la po­si­bi­li­dad de que com­pren­der, in­clu­sive si no nos lleva a per­do­nar, nos em­puje a acep­tar se­me­jante com­por­ta­miento. Tam­bién en este caso de­pen­derá del marco de va­lo­res del lec­tor. Para la ma­yo­ría el apren­der más so­bre un per­so­naje mons­truoso será pre­pa­rarse me­jor para opo­nerse a crí­me­nes se­me­jan­tes. Por un lado com­pren­diendo qué con­di­cio­nes los crean, y, por otro, para sa­ber cómo opo­nerse a sus crí­me­nes an­tes de que los co­me­tan. En am­bos ca­sos «hu­ma­ni­zar» un per­so­naje de este tipo re­sulta ventajoso.

El te­mor, me atrevo a su­ge­rir, viene de otra fuente. Cuando una obra li­te­ra­ria «hu­ma­niza» a un mons­truo rompe esa ba­rrera in­vi­si­ble que nos se­pa­raba de éste. La ba­rrera que cons­truye el es­te­reo­tipo, y que, de ma­nera me­ta­fó­rica, lo aleja, con­fi­nán­dolo a la jaula de un zoo­ló­gico de com­por­ta­mien­tos hu­ma­nos. Es por eso que los es­te­reo­ti­pos son tan co­mu­nes: nos dan se­gu­ri­dad. Rota esa ba­rrera, el mons­truo en­tra a nues­tro mundo, se con­vierte en un per­sona de­ma­siado pa­re­cida a no­so­tros, y eso, en el me­jor de los ca­sos, re­sulta problemático.

Quizá sea ese te­mor el que em­puja a al­gu­nos a opi­nar que hay te­mas, o más bien, per­so­na­jes, «so­bre los que de­be­mos guar­dar si­len­cio». Como di­ría Henry Ja­mes, na­die puede re­gu­lar lo que se debe es­cri­bir en li­te­ra­tura. El es­cri­tor tiene li­ber­tad irres­tricta para ele­gir tanto sus te­mas como sus per­so­na­jes. Lo que real­mente im­porta es qué hace con ellos. En tér­mi­nos li­te­ra­rios, las dos co­sas que po­de­mos juz­gar son: 1. cuán ve­ro­sí­mil es un per­so­naje, y 2. qué nos dice la no­vela con res­pecto a sus acciones.

Fe­liz­mente en li­te­ra­tura es­ta­mos a salvo de la ló­gica de Witt­gens­tein y no hay nada so­bre lo que «de­ba­mos» guar­dar si­len­cio. Su­giero que en lu­gar de preo­cu­par­nos de si un es­cri­tor ha «hu­ma­ni­zado» a un cri­mi­nal de gue­rra, o a un ase­sino en se­rie, lo que real­mente nos debe in­tere­sar es qué res­puesta pide con res­pecto a éste. Si pide, aun­que sea de ma­nera im­plí­cita, no tanto sim­pa­tía por el per­so­naje sino por sus ideas, ya sa­be­mos que no es­ta­mos le­yendo li­te­ra­tura sino propaganda.

En el caso de Hanna Sch­mitz uno puede com­pren­der que su anal­fa­be­tismo pesa so­bre ella como una ver­güenza atroz que quiere es­con­der a toda costa. Que sa­bién­dose en in­fe­rio­ri­dad de con­di­cio­nes se abraza a los tra­ba­jos que pueda con­se­guir fin­giendo que sabe es­cri­bir, por­que, de otra ma­nera, se­ría ex­pul­sada de la ciu­dad le­trada. Com­pren­der eso, por su­puesto, no la ab­suelve, ni lo­gra que ten­ga­mos sim­pa­tía por el ho­rrendo cri­men que co­mete. Ha­cia el fi­nal la no­vela su­giere que, a pe­sar de todo, aun­que Hanna Sch­mitz haya pa­gado le­gal­mente por su cri­men, de­bido a que no ha ad­qui­rido cons­cien­cia so­bre éste, ya no puede re­in­te­grarse a la so­cie­dad. Es quizá, en lo que sí po­de­mos es­tar de acuerdo con la no­vela: la idea de que de­be­mos as­pi­rar a vi­vir en un país donde no haya lu­gar para los cri­mi­na­les de guerra.

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