Para no caer del puente

Un puente indestructible

Un puente indestructible

Una no­vela nos llega a ve­ces como una fruta de ul­tra­mar, en­vuelta en una pro­tec­ción, una cás­cara, y, casi siem­pre, con un se­llo. Todo lo cual de­be­mos se­pa­rar cui­da­do­sa­mente an­tes de po­der dis­fru­tar de su pulpa ju­gosa. Una de esas en­vol­tu­ras, que en la jerga de la crí­tica se llama «ele­mento pa­ra­tex­tual», es el epí­grafe, suerte de puente que nos une, y a ve­ces se­para, del texto de la novela.

El epí­grafe ha ser­vido desde hace mu­cho para, en­tre otras co­sas, su­ge­rir el tema prin­ci­pal de la no­vela, dar una idea de sus orí­ge­nes, ha­cer un co­men­ta­rio so­bre la no­vela misma, o es­ta­ble­cer cierto tipo de vínculo, o de puente, en­tre la no­vela y una tra­di­ción li­te­ra­ria, e, in­clu­sive, en al­gu­nos ca­sos, por iro­nía, su­ge­rir la pos­tura que de­be­mos adop­tar frente a ella. La­men­ta­ble­mente hay epí­gra­fes, no po­cos, que pa­re­cen acer­ti­jos que se pre­sen­tan como puen­tes pe­li­gro­sos que no nos in­vi­tan a cru­zar, y que, a ve­ces, dan la im­pre­sión de es­tar allí sólo para sa­tis­fa­cer al au­tor, ali­viando su an­sie­dad, o de­mos­trando sus lecturas.

¿Es im­pres­cin­di­ble que una no­vela tenga un epí­grafe para ser con­si­de­rada la obra de arte que as­pira a ser? En una pa­la­bra: No. No cues­tra tra­bajo al­guno ci­tar obras maes­tras que no tie­nen epí­grafe: Lo­lita de Vla­di­mir Na­bo­kov, Si una no­che de in­vierno un via­jero de Italo Cal­vino, En­sayo so­bre la ce­guera de José Sa­ra­mago o el Uli­ses de Ja­mes Joyce, sólo para ci­tar al­gu­nos nom­bres co­no­ci­dos. Sin em­bargo, hay al­gu­nos epí­gra­fes que, me atrevo a su­ge­rir, son im­pres­cin­di­bles. Me re­fiero a los que nos in­vi­tan — in­clu­sive po­dría de­cir, in­ci­tan — a la lec­tura. Mien­tras que otros, los «epí­gra­fes de au­tor», casi siem­pre que­dan sobrando.

Para fa­ci­li­tar las co­sas, quizá val­dría la pena po­nerse de acuerdo en que hay dos gran­des fa­mi­lias de epí­gra­fes. La pri­mera la cons­ti­tu­yen los apó­cri­fos, usual­mente es­cri­tos por el au­tor. Tengo la im­pre­sión de que és­tos son un ca­mino fá­cil para com­ple­tar la no­vela. Este «su­ple­mento» en el sen­tido que De­rrida le da al tér­mino, re­vela cierta an­sie­dad, ya que, ob­via­mente sin el epí­grafe, el au­tor con­si­dera que su texto es­ta­ría in­com­pleto, pero tam­bién al com­ple­tarlo con un ele­mento que no per­te­nece al cuerpo de la no­vela da la im­pre­sión de que cree no ha­berlo puesto en pri­mer lugar.

La se­gunda fa­mi­lia la cons­ti­tu­yen los epí­gra­fes ci­ta­dos de un texto pre­vio a la no­vela (texto, en el sen­tido más am­plio del tér­mino). És­tos re­sul­tan mu­cho me­jo­res ya que tie­nen la ven­taja de que crean una in­me­diata fric­ción, o ten­sión, en­tre el texto in­vo­cado y la no­vela que se está a punto de leer. Sea cual sea su fun­ción, de in­me­diato en­ri­que­cen la lec­tura al crear una suerte de red de re­la­cio­nes pre­vias que nos pre­pa­ran para la lec­tura. Debo ad­mi­tir, sin em­bargo, que in­clu­sive en esta se­gunda ca­te­go­ría hay al­gu­nos epí­gra­fes que, como los apó­cri­fos, pa­re­cen más al ser­vi­cio del au­tor que de sus lectores.

De to­das las fun­cio­nes que puede ju­gar un epí­grafe, me aven­turo a su­ge­rir que la de evo­car los orí­ge­nes de la no­vela son los más fruc­tí­fe­ros. Como siem­pre, en lu­gar de que­dar­nos en una dis­cu­sión más o me­nos teó­rica, pre­fiero re­cu­rrir a un par de ejem­plos prác­ti­cos. El pri­mero viene de El pa­ciente in­glés de Mi­chael Ondaatje:

La ma­yo­ría de us­te­des, es­toy se­guro, re­cuer­dan las trá­gi­cas cir­cuns­tan­cias de la muerte de Geof­frey Clif­ton en Gilf Ke­bir, se­guida poco des­pués de la desa­pa­ri­ción de su es­posa, Kat­ha­rine Clif­ton, ocu­rrida en el año 1939 du­rante una ex­pe­di­ción por el de­sierto en busca de la re­gión lla­mada Zezura…

To­mado de las mi­nu­tas de la reunión de no­viem­bre de 194– de la Geo­grap­hi­cal So­ciety de Londres.

Quie­nes han leído la no­vela (es­pero que an­tes de ver la pe­lí­cula) re­cuer­dan que ésta trata jus­ta­mente so­bre las trá­gi­cas cir­cuns­tan­cias en las que des­a­pa­re­cen los Clif­ton, desa­rro­lla­das, por su­puesto, por la ima­gi­na­ción li­te­ra­ria de On­daatje. El epí­grafe está muy bien ele­gido, ya que con­tiene, en «se­mi­lla» (como lo lla­ma­ría Ja­mes), to­dos los ele­men­tos ne­ce­sa­rios para es­cri­bir una no­vela: época, lu­gar, época y el mo­mento crí­tico que atra­ve­sa­rán los per­so­na­jes. Es por eso que, cuando uno lo lee por pri­mera vez, es im­po­si­ble no verse asal­tado por una se­rie de pre­gun­tas, al­gu­nas más o me­nos ob­vias, pero to­das igual­mente se­duc­to­ras. En­tre ellas, una de in­menso po­der per­sua­sivo: ¿cómo trans­formó On­daatje ese su­cinto pá­rrafo, sin duda pro­me­te­dor, pero in­su­fi­ciente, en una no­vela poé­tica de más de tres­cien­tas páginas?

Tam­bién son muy fruc­tí­fe­ros los epí­gra­fes que evo­can los orí­ge­nes de los per­so­na­jes. Por ejem­plo, Ma­rio Var­gas Llosa, nues­tro fla­mante Pre­mio No­bel, usa el si­guiente epí­grafe para La tía Ju­lia y el es­cri­bi­dor:

Es­cribo. Es­cribo que es­cribo. Men­tal­mente me veo es­cri­bir que es­cribo y tam­bién puedo verme ver que es­cribo. Me re­cuerdo es­cri­biendo ya y tam­bién vién­dome que es­cri­bía. Y me veo re­cor­dando que me veo es­cri­bir y me re­cuerdo vién­dome re­cor­dar que es­cri­bía y es­cribo vién­dome es­cri­bir que re­cuerdo ha­berme visto es­cri­bir que me veía es­cri­bir que re­cor­daba ha­berme visto es­cri­bir que es­cri­bía y que es­cri­bía que es­cribo que es­cri­bía. Tam­bién puedo ima­gi­narme es­cri­biendo que ya ha­bía es­crito que me ima­gi­na­ría es­cri­biendo que ha­bía es­crito que me ima­gi­naba es­cri­biendo que me veo es­cri­bir que escribo.

La cita, que viene de la no­vela El Gra­fó­grafo de Sal­va­dor Eli­zondo, aparte de evo­car a Proust y a Que­neau en un sólo pá­rrafo, con lo cual crea un con­texto li­te­ra­rio para la no­vela, tam­bién nos hace pre­gun­tar­nos quién es el gra­fó­grafo. In­clu­sive si no se ha leído la no­vela, de­bido al tí­tulo y al epí­grafe, se sabe que será un «es­cri­bi­dor» que, ade­más, ten­drá pro­ble­mas para re­la­cio­narse con la realidad.

Pero esos son los epí­gra­fes afor­tu­na­dos. Den­tro de los otros, los que afean una no­vela es­tán los «epí­gra­fes de au­tor», aque­llos que su­gie­ren el tema, o la pro­puesta fi­lo­só­fica, y que, a mi jui­cio, casi siem­pre re­sul­tan in­ne­ce­sa­rios. Por­que si la no­vela es una obra de arte, en­ton­ces su­ge­rirá, den­tro del texto mismo, el tema del epí­grafe (como su­gerí en «Te­ner algo que de­cir», siem­pre hay un tema en una no­vela). Por otro lado, si la no­vela no lo­gra evo­car el tema que apa­rece en el epí­grafe, en­ton­ces tam­bién el epí­grafe re­sulta innecesario.

Me atrevo a su­ge­rir que, ex­cepto por los epí­gra­fes que evo­can los orí­ge­nes de la no­vela, los otros, casi siem­pre, son «su­ple­men­tos» que más que con­tri­buir con la no­vela nos re­ve­lan la an­sie­dad del au­tor. Tam­bién yo, en su mo­mento, he pe­cado de «epí­grafe de au­tor», aun­que pro­meto que tra­taré de en­men­darme, so­bre todo por­que los au­to­res que más ad­miro los evi­tan. Na­bo­kov, por ejem­plo, a quien na­die puede acu­sar de no ha­ber leído lo su­fi­ciente, casi nunca usaba epí­gra­fes. Su Lo­lita no tiene uno, tam­poco su Ada, a pe­sar de la den­si­dad te­má­tica de am­bas no­ve­las. Tam­bién te­ne­mos el caso de J.M. Coet­zee que evita los epí­gra­fes a todo costo, a pe­sar de que na­die puede de­cir que sus no­ve­las no gi­ren en torno a pro­ble­mas fi­lo­só­fi­cos o mo­ra­les bas­tante definidos.

He tra­tado de plan­tear al­gu­nas ideas so­bre los epí­gra­fes, se­gún su­giero en «Li­te­ra­tura Light», plan­teando tam­bién el cri­te­rio que uso para juz­gar­los. Es pro­ba­ble que no es­tén de acuerdo, en es­pe­cial cuando me re­fiero a los «epí­gra­fes de au­tor», pero es­pero que la pró­xima vez que abran una no­vela, y se en­cuen­tren con un epí­grafe, ha­gan una pausa un poco más larga para pre­gun­tarse si es­tán frente a un puente que los une al texto o uno que ame­naza con de­jar­los caer.

Un comentario en “Para no caer del puente”

  1. jorge chavez silva 11 octubre 2010 at 10:14 am #

    Muy in­tere­sante, yo tam­biénn creo que hay al­gu­nos epí­gra­fes son muy­ne­ce­sa­rios para la pos­te­rior lec­tura del texto


Deja un comentario


2 × = cuatro