Caer del estado de gracia

Desgracia

Des­gra­cia

Uno de los te­mas cen­tra­les de la no­vela Des­gra­cia de J.M. Coet­zee, pu­bli­cada en 1999, es la caída so­cial de un pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio. La adap­ta­ción al cine, di­ri­gida por Steve Ja­cobs, pa­rece ilus­trar otro tipo de caída: lo que pasa cuando un ci­neasta se niega a asu­mir las di­fe­ren­cias que hay en­tre la no­vela y el cine.

En la ac­tua­li­dad te­ne­mos tres me­dios na­rra­ti­vos: el tea­tro, el cine y la fic­ción es­crita. Se puede con­tar la misma his­to­ria en cual­quiera de los tres. Sin em­bargo, cada uno tiene una ca­rac­te­rís­tica fun­da­men­tal que lo di­fe­ren­cia. En el tea­tro es la pre­sen­cia fí­sica de ac­to­res, con to­das las con­no­ta­cio­nes que la «pre­sen­cia» pueda te­ner. El cine pre­senta ima­gen y so­nido me­jor que los otros dos me­dios. La fic­ción es­crita, por otro lado, es ca­paz de mos­trar­nos la vida in­te­rior de los per­so­na­jes con ma­yor fa­ci­li­dad y eco­no­mía que los otros me­dios. Esta di­fe­ren­cia de én­fa­sis obliga a un ci­neasta a pre­gun­tarse qué se puede per­der cuando se pasa de un me­dio a otro. La­men­ta­ble­mente, Steve Ja­cobs, di­rec­tor de Des­gra­cia (2008) no lo en­ten­dió así.

Sin arrui­nar la no­vela ni la pe­lí­cula para quie­nes no las han dis­fru­tado to­da­vía, puedo ade­lan­tar que en és­tas se na­rran dos his­to­rias pa­ra­le­las, en con­tra­punto, uni­das por el tema cen­tral que es la caída del es­tado de gra­cia del Da­vid Lu­rie, un pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio que cree ser fe­liz. En la pri­mera his­to­ria Lu­rie, apro­ve­chando su po­si­ción de po­der, acosa se­xual­mente a una es­tu­diante de ori­gen ne­gro. En la se­gunda his­to­ria, Lucy, la hija de Lu­rie, es vio­lada por un mu­cha­cho ne­gro. Es­tos dos ejes ar­ti­cu­lan una me­di­ta­ción so­bre las di­fí­ci­les ne­go­cia­cio­nes ét­ni­cas, se­xua­les y cul­tu­ra­les en una Su­dá­frica que em­pieza a reaco­mo­darse des­pués del apartheid.

Como de­cía Kun­dera, la no­vela sirve para pre­sen­tar las gran­des pre­gun­tas de una época, y Des­gra­cia, en su ma­yor parte, lo hace sin ofre­cer res­pues­tas fá­ci­les. La his­to­ria que na­rra, que po­dría ser es­que­má­tica en ma­nos de un es­cri­tor no­vel, co­bra den­si­dad en la pluma de Coet­zee. Y me atre­ve­ría a afir­mar que gran parte de su po­der de per­sua­sión de­pende de un uso jui­cioso de lo que he lla­mado an­tes «den­si­dad de ex­pe­rien­cia». Vea­mos cómo em­pieza la novela:

Para ser un hom­bre de su edad, cin­cuenta y dos años y di­vor­ciado, a su jui­cio ha re­suelto bas­tante bien el pro­blema del sexo. Los jue­ves por la tarde coge el co­che y va hasta Green Point. A las dos en punto toca el tim­bre de la puerta de Wind­sor Man­sions, da su nom­bre y en­tra. En la puerta del nú­mero 113 le está es­pe­rando So­raya. Pasa di­rec­ta­mente hasta el dor­mi­to­rio, que huele de ma­nera agra­da­ble y está te­nue­mente ilu­mi­nado, y allí se des­nuda. So­raya sale del cuarto de baño, deja caer su bata y se des­liza en la cama a su lado.

—¿Me has echado de me­nos? —pre­gunta ella.

—Te echo de me­nos a to­das ho­ras —res­ponde. Aca­ri­cia su cuerpo mo­reno como la miel, donde no ha de­jado ras­tro el sol; lo ex­tiende, lo abre, le besa los pe­chos; ha­cen el amor.

No­ten que este prin­ci­pio su­giere de ma­nera clara cuál es el pro­blema cen­tral que ha de afron­tar Lu­rie. Para em­pe­zar, la pri­mera ora­ción nos plan­tea un na­rra­dor en ter­cera per­sona, quizá om­nis­ciente, pero por ahora mi­nu­cio­sa­mente fo­ca­li­zado en Lu­rie. Esto per­mite el uso del es­tilo in­di­recto li­bre para «te­ñir» la na­rra­ción con el mundo in­te­rior del per­so­naje. De modo que aque­llo de «para ser un hom­bre de su edad», así como el «ha re­suelto bas­tante bien», son afir­ma­cio­nes que pa­re­cen ve­nir de la con­cien­cia de Lu­rie. Leí­das como ta­les, re­ve­lan tam­bién desde el prin­ci­pio la ten­sión que existe en­tre la ra­zón y la emo­ción en Lu­rie, que es en buena cuenta la se­pa­ra­ción de mente y cuerpo.

Lo cu­rioso es que des­pués de una na­rra­ción prác­ti­ca­mente clí­nica so­bre cómo ocu­rren es­tos en­cuen­tros se­ma­na­les, nos en­con­tra­mos con la pre­gunta: «¿Me has echado de me­nos?» Sin duda es una fór­mula, pero pa­rece ser ne­ce­sa­ria, ya que se for­mula cada jue­ves. La pre­gunta re­vela que, le­jos de ser sólo la so­lu­ción de un «pro­blema», los en­cuen­tros se­ma­na­les lle­nan una ne­ce­si­dad afec­tiva para Lu­rie. In­clu­sive si to­ma­mos en cuenta la po­si­bi­li­dad iró­nica del in­ter­cam­bio, éste ocu­rre de acuerdo a la iro­nía post­mo­derna a la que se re­fiere Eco, se­gún la cual uno sub­raya el ca­rác­ter con­ven­cio­nal de una ex­pre­sión sin te­ner que re­nun­ciar a lo que ésta co­mu­nica. La ten­sión en­tre la mente ra­cio­nal que ve al sexo como un «pro­blema» y el cuerpo que ne­ce­sita un si­mu­la­cro de afecto plan­tea el drama in­te­rior de Lurie.

Éste pa­rece atra­pado en el dua­lismo car­te­siano que afirma que la ra­zón es una fa­cul­tad su­pe­rior. De modo que em­pe­za­mos a en­ten­derlo un poco cuando lo ve­mos —como si fuera un tes­ta­rudo se­gui­dor de Des­car­tes— lu­chando cons­tan­te­mente por «no» re­con­ci­liar ra­zón y emo­ción. Esta ten­sión tam­bién per­mite que Lu­rie sea un per­so­naje más com­pleto, más hu­mano, cu­yas du­das e in­cer­ti­dum­bres en­ri­que­cen la na­rra­ción. Quizá no lle­gue­mos a apo­yar a Lu­rie de ma­nera en­tu­siasta, pero la no­vela nos per­mite com­pren­derlo, ver el mundo desde esa cons­cien­cia. Nada de eso ocu­rre en la película.

La pri­mera es­cena trata de con­den­sar el pri­mer ca­pí­tulo de la no­vela. En éste se na­rran las vi­si­tas se­ma­na­les, luego el en­cuen­tro for­tuito con So­raya que im­pulsa a Lu­rie a se­guirla, des­en­ca­de­nando así el pri­mer pro­blema na­rra­tivo: el he­cho de que la mu­jer que se hace lla­mar So­raya ya no quiera verlo. La pe­lí­cula, por el con­tra­rio, se con­tenta con una breve es­cena que ter­mina con Lu­rie de­jando un re­galo en la mesa de So­raya y ésta anun­ciando que tiene que ver a su ma­dre enferma.

De­bido a que el cine nos im­pide ac­ce­der a la sub­je­ti­vi­dad de Lu­rie, no po­de­mos ver esa lu­cha in­te­rior, ese tra­tarse de en­ga­ñar a sí mismo, que hace del Lu­rie de la no­vela un per­so­naje in­tere­sante. El otro pro­blema es que Lu­rie sea en­car­nado por John Malko­vich, cuya ex­pre­sión en­tre cí­nica, sar­cás­tica y pe­dante, re­sulta ideal para aque­llos ro­les en los que la ac­ción ex­te­rior dice más que el mundo in­te­rior de los per­so­na­jes. En Re­la­cio­nes pe­li­gro­sas (1988) de Step­hen Frears, por ejem­plo, es con­vin­cente. En Des­gra­cia, por el con­tra­rio, crea un Lu­rie pe­dante, abu­rrido y pa­ter­na­lista cu­yas ac­cio­nes re­sul­tan poco creíbles.

En la pe­lí­cula, la caída de Lu­rie, le­jos de te­ner la for­mi­da­ble con­no­ta­ción me­ta­fó­rica pre­sente en la no­vela, pa­rece un acto for­zado. Los per­so­na­jes obe­dien­te­mente si­guen el guión aun­que en las es­ce­nas no se ad­vierta su li­bre al­be­drío. Quizá las me­jo­res es­ce­nas ocu­rran en la casa de Lucy, la hija de Lu­rie, que vive en la zona ru­ral de Su­dá­frica ad­mi­nis­trando una granja, aun­que és­tas es­ce­nas tam­poco re­sul­tan del todo creíbles.

Es una lás­tima. Por­que la no­vela ofre­cía ma­te­rial su­fi­ciente para crear una pe­lí­cula que ex­plo­rara de ma­nera me­ta­fó­rica los con­flic­tos ra­cia­les, los ro­les de gé­nero y el pa­pel de la cul­tura oc­ci­den­tal en una Su­dá­frica post-apartheid. Todo lo cual co­bra vi­gen­cia y po­der per­sua­sivo en la no­vela gra­cias a que Coet­zee crea per­so­na­jes cuya den­si­dad de ex­pe­rien­cia in­forma la ma­yo­ría de sus ac­tos, re­ve­lando la di­fí­cil ne­go­cia­ción de­trás de cada de­ci­sión, in­clu­sive la más pe­queña. Des­pués de todo, es lo que re­sulta cer­cano a nues­tra pro­pia experiencia.

Esto no sig­ni­fica, por su­puesto, que to­das las adap­ta­cio­nes sean ma­las. Tam­poco que una pe­lí­cula ba­sada en Des­gra­cia es­tu­viera con­de­nada a fra­ca­sar. Todo lo con­tra­rio. Como se­ñalé an­tes, en el pro­ceso de adap­ta­ción, el ci­neasta debe es­tar atento a qué as­pecto de la no­vela se puede per­der, de modo que lo­gre com­pen­sarlo en el cine con las he­rra­mien­tas pro­pias del medio.

Quizá por eso, cuando Phi­lip Kauf­man se pro­puso ha­cer una no­vela so­bre La in­so­por­ta­ble le­ve­dad del ser (1988), supo que la pro­puesta fi­lo­só­fica de la no­vela no po­día ser tras­la­dada al cine ya que ésta se daba, en gran me­dida, en el mundo in­te­rior de los per­so­na­jes. El «Pe­queño dic­cio­na­rio de pa­la­bras in­com­pren­di­das», por ejem­plo, se­ría im­po­si­ble de re­crear en el cine sin abu­rrir a la au­dien­cia. De modo que Kauf­man, as­tu­ta­mente, de­ci­dió com­pen­sar esa falta dán­dole a la pe­lí­cula una pos­tura más po­lí­tica, in­clu­yendo ma­te­rial do­cu­men­tal ori­gi­nal, de modo que éste en­ri­que­ciera la pe­lí­cula, trans­for­mán­dola en una obra de arte in­de­pen­diente de la novela.

Di­cen que Es­pe­rando a los bár­ba­ros (1980) de Coet­zee está ya en pro­ceso de adap­ta­ción. De­bido al ca­rác­ter ale­gó­rico de esta no­vela, el pro­ceso será di­fí­cil. Es­pe­re­mos que el ci­neasta a cargo tenga la sa­bi­du­ría de no pe­dirle a Malko­vich que haga el pa­pel de ma­gis­trado, que sepa re­sol­ver el di­fí­cil pro­blema que plan­tea el he­cho de que la no­vela no esté si­tuada en un lu­gar es­pe­cí­fico, y, so­bre todo, que lo­gre crear un eje te­má­tico que com­pense la pér­dida de la vida in­te­rior de los per­so­na­jes. Mien­tras tanto, si no lo han he­cho to­da­vía, los animo a leer la no­vela de Coet­zee, quizá una de las me­jo­res pu­bli­ca­das en los úl­ti­mos veinte años.

Com­par­tir

2 Comentarios en “Caer del estado de gracia”

  1. Cesar Klauer 30 julio 2010 at 10:25 am #

    Como siem­pre, buen ar­tículo, José. Te cuento que se­gún la web del New York Ti­mes, el guión lo está tra­ba­jando el pro­pio Coet­zee con la pro­duc­ción de Sean Penn. No in­for­man acerca del di­rec­tor o los ac­to­res. Ojalá nos vea­mos por la fe­ria. Saludos.

  2. KEKA ORTIZ 1 agosto 2010 at 2:32 pm #

    José, fe­li­ci­ta­cio­nes; muy buen ar­tículo so­bre­todo por esa ex­pre­sión «den­si­dad de la ex­pe­rien­cia» y si asi se le­yera, es­cri­biera o se cri­ti­cara; pero so­bre­todo si con esa pro­fun­di­dadd nos vié­ra­mos a no­so­tros mis­mos , en­ton­ces tal vez po­da­mos con­se­guir otros sig­ni­fi­ca­dos y ma­yor co­no­ci­miento de la com­ple­ji­dad hu­mana.
    No solo eso, po­dría­mos co­mu­ni­car esos otros pla­nos que van mas allá de lo na­rrado.
    Por ejem­plo en «Des­gra­cia» la real caida de gra­cia es la di­fi­cul­tad de es­ta­ble­cer víncu­los, y esto si bien sub­yace en el li­bro y queda como con­te­nido la­tente en la na­rra­tiva de Coet­zee, es un pro­blema que nos toca a to­dos. Esos des­en­cuen­tros que de al­gun modo que­dan si­len­cia­dos son la real des­gra­cia. Des­en­cuen­tros o es­ci­sio­nes al in­te­rior del ser hu­mano que a ve­ces ni si­quiera ima­gi­na­mos y por lo mismo di­fi­cul­tan mu­chos as­pec­tos de nues­tras vi­das en es­pe­cial nues­tra ex­pe­rien­cia en el trato con los otros.

    KEKA ORTIZ


Deja un comentario


− uno = 0