Ardiente paciencia

Es­pero que lle­guen a verse así

Esto va a pa­re­cer una exal­ta­ción pas­to­ral, ale­jada del tema del ofi­cio de es­cri­bir, pero tengo la es­pe­ranza de que quie­nes ten­gan la pa­cien­cia de lle­gar al fi­nal lo vean de otra ma­nera. Pasé gran parte del sá­bado pa­sado ca­vando ho­yos para sem­brar pa­rras. No re­cuerdo cuándo fue la úl­tima vez que tuve una ex­pe­rien­cia se­me­jante, pero dado que te­nía las he­rra­mien­tas apro­pia­das —una fla­mante pala, ti­je­ras para cor­tar raí­ces y una pala de trans­plan­tar— pensé que la ta­rea no se­ría di­fí­cil. Los pri­me­ros gol­pes de pala, que en­tra­ron en la tie­rra mo­jada, casi sin en­con­trar re­sis­ten­cia, pa­re­cie­ron con­fir­marlo. Pero unos mi­nu­tos des­pués, cuando es­taba a punto de ter­mi­nar de ca­var el pri­mer hoyo, la pala hizo el re­co­no­ci­ble ruido de me­tal so­bre piedra.

Se tra­taba de lo que a pri­mera vista pa­re­cía un gui­ja­rro al fondo del hoyo. Se­ría cues­tión de aflo­jarla, pa­lan­queán­dola, an­tes de sa­carla con la mano. Me arro­di­llé para es­car­bar al­re­de­dor de la pie­dra con la pala de trans­plan­tar, pero mien­tras más tie­rra sa­caba, más grande pa­re­cía. Me tomó más de una hora po­der sa­car del fondo del pozo una enorme pie­dra del ta­maño de una pa­paya. La arrojé a un te­rreno bal­dío ve­cino, se­guro de ha­ber ven­cido la ma­yor di­fi­cul­tad del día, pero como ocu­rre con las ta­reas do­més­ti­cas que pa­re­cen fá­ci­les, es­taba equivocado.

La roca que ex­traje era el prin­ci­pio del sub­suelo ca­lizo de una tie­rra seca, dura, cri­bada de ro­cas gra­ní­ti­cas. Desde ese mo­mento pa­gué con mu­cho es­fuerzo cada cen­tí­me­tro que lo­gré ca­var. Ini­cial­mente ha­bía pla­neado ter­mi­nar en me­nos de una hora. Pero el pro­yecto me tomó el resto de la tarde. En cada hoyo, la ex­pe­rien­cia era se­me­jante. Un inicio fá­cil, casi pla­cen­tero, in­men­sa­mente pro­me­te­dor, se­guido por un golpe de me­tal so­bre pie­dra que anun­ciaba una etapa más di­fí­cil. ¿Qué tiene que ver todo esto con el ofi­cio de escribir?

Quién haya es­crito un texto más o me­nos largo, di­ga­mos de más de treinta mil pa­la­bras, quizá ya haya re­co­no­cido el pa­ra­lelo. Usual­mente el inicio es fá­cil, pla­cen­tero, ya que la única preo­cu­pa­ción es re­gis­trar las ora­cio­nes que cap­tu­ren aque­llo que Henry Ja­mes lla­maba la «se­mi­lla» de una na­rra­ción. La ma­yo­ría de las ve­ces da la im­pre­sión, como di­cen al­gu­nos, que el texto se «es­cri­birá solo». Pronto, sin em­bargo, uno se tro­pieza con la pri­mera di­fi­cul­tad. El pro­blema que, en mu­chos ca­sos no re­sulta evi­dente, pero del cual, lo sa­be­mos in­tui­ti­va­mente, de­pende la narración.

No sé si haya lo­grado li­brar sa­tis­fac­to­ria­mente to­das las di­fi­cul­ta­des na­rra­ti­vas de las fic­cio­nes en las que me he aven­tu­rado. Lo que sí sé, es que hay siem­pre una pri­mera di­fi­cul­tad que se­ñala el paso a la etapa más di­fí­cil del pro­ceso de es­cri­tura, el mo­mento en que las pa­la­bras em­pie­zan a res­ba­lar, a ve­ces vio­len­ta­mente, con­tra el fondo ca­lizo de la na­rra­ción en cier­nes. Esto no sig­ni­fica, por su­puesto, que ya no se dis­frute el acto de es­cri­bir, sino que a par­tir de ese mo­mento el pla­cer debe ve­nir de otra fuente.

John Stein­beck, por ejem­plo, que llevó un re­gis­tro de­ta­llado de la es­cri­tura de Al este del edén, cuenta que des­pués de unas no­venta pá­gi­nas en las que su no­vela fluyó sin pro­ble­mas, se topó con una di­fi­cul­tad na­rra­tiva que pa­re­cía tan im­po­si­ble de su­perar que lo su­mió en una pro­funda de­pre­sión. No re­sulta ex­traño, ya que cuando a uno le cae en­cima una de esas di­fi­cul­ta­des na­rra­ti­vas, uno queda en una si­tua­ción vul­ne­ra­ble. En­ton­ces los mu­chos de­mo­nios que ace­chan la es­cri­tura sa­len del cló­set. En­tre ellos la duda —ese de­mo­nio que ha­bita la mente de todo aquel que lleva a cabo una ac­ti­vi­dad crea­tiva— que se re­go­dea su­su­rrando lo que más te­me­mos, aun­que no sea cierto. «Este texto no sirve», «esta no­vela no la va a leer na­die», «este per­so­naje es in­ve­ro­sí­mil»: co­sas que son im­po­si­bles de afir­mar cuando el texto no está ter­mi­nado, pero que ese pe­queño de­mo­nio afirma con tanta se­gu­ri­dad que uno co­rre el riesgo de creerle.

Pero aque­llo de sem­brar uvas tam­bién tiene otros pa­re­ci­dos con el pro­ceso de es­cri­tura. El pa­sar tan­tas ho­ras ca­vando ho­yos, no im­porta cuán pe­sado sea, es sólo el pri­mer paso de un largo pro­ceso cuyo fu­turo es in­cierto. No tengo la me­nor idea si los al­má­ci­gos de pa­rra pren­de­rán en esta tie­rra. En el caso de que crez­can, tam­poco sé si lle­guen a dar uvas. In­clu­sive si ése es el caso, puede que el mos­quito blanco lo­gre sem­brar sus lar­vas an­tes que las uvas es­tén ma­du­ras. Fi­nal­mente, si todo sale bien, si las uvas lle­gan a ma­du­rar en las pa­rras, no tengo nin­guna se­gu­ri­dad de que no se se­pan amar­gas como la ira.

Nin­guna de es­tas du­das, no im­porta cuán ra­zo­na­bles pa­rez­can, tu­vie­ron la fuerza su­fi­ciente como para con­ven­cerme de que no plan­tara las cinco pa­rras aque­lla tarde. No se trata de ser un op­ti­mista em­pe­der­nido, ni de pro­fe­sar al­guna creen­cia so­bre la tie­rra, sino a que las du­das so­bre el fu­turo no son reales por­que sim­ple­mente no exis­ten. Es un há­bito te­rri­ble el de no apre­ciar el mo­mento pre­sente de­bido a los te­mo­res que po­da­mos te­ner so­bre el fu­turo. Por otro lado, se­ría una ex­pe­rien­cia muy po­bre, aun­que no del todo iné­dita, el en­fren­tar el sem­brío de uvas so­la­mente como un paso ne­ce­sa­rio, me­cá­nico, cuyo único fin es el de ase­gu­rar una co­se­cha de uvas en el futuro.

Pero no es su­fi­ciente ig­no­rar el de­mo­nio de la duda. El sem­brar las uvas, el cui­dar­las día tras día, ne­ce­sita una buena do­sis de la «ar­diente pa­cien­cia» de la que ha­bla Ne­ruda, la misma que em­pu­jaba a Flau­bert a es­cri­bir día tras día, co­rri­giendo, le­yendo en voz alta, cre­yendo en la per­sis­ten­cia más que en su ta­lento du­rante los cinco años que le de­moró com­po­ner Ma­dame Bo­vary. Tam­bién ima­gino a Joyce, cas­ca­rra­bias, en­deu­dado y me­dio ciego, tra­ba­jando sin des­canso, du­rante los trece años que le de­moró cons­truir Fin­ne­gans Wake. No dista mu­cho de los cerca de doce años que le tomó a Gar­cía Már­quez —aun­que en al­guna parte nos quiera ha­cer creer que fue mu­cho me­nos— la es­cri­tura de Cien años de so­le­dad.

Es­tos ejem­plos no tiene el fin de re­for­zar una ima­gen ro­mán­tica del es­cri­tor, ni mu­cho me­nos de com­pa­rar mi mo­desto tra­bajo con el de es­tos maes­tros, sino más bien lla­mar la aten­ción al he­cho de que, como dice Joyce Ca­rol Oa­tes, si el ta­lento es ne­ce­sa­rio, éste no sirve de nada si no va unido a una «ar­diente pa­cien­cia» (o una «vo­lun­tad de hie­rro», como la llama Gar­cía Már­quez). Pero tam­bién a que el mo­mento, el acto mismo de es­cri­bir, las ho­ras que uno le de­dica al pro­yecto en curso, de­ben ser la ma­yor fuente de sa­tis­fac­ción. Lo que viene des­pués, si viene, debe ser una con­se­cuen­cia afor­tu­nada pero no la prin­ci­pal ra­zón. Quie­nes vean la es­cri­tura de otra ma­nera es­tán con­de­na­dos a ser in­fe­li­ces la ma­yor parte del tiempo.

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Un comentario en “Ardiente paciencia”

  1. Stuart 22 mayo 2010 at 4:38 pm #

    ¡Ge­nial!


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