Ser la persona herida

Heridos en la Playa Omaha, 1944

He­ri­dos en la Playa Omaha, 1944

En el «Canto a mí mismo» de Whit­man hay un pa­saje en el que éste es­cribe: «No le pre­gunto a la per­sona he­rida cómo se siente / yo mismo me con­vierto en la per­sona he­rida». Es­tos dos ver­sos pa­re­cen re­su­mir una de las cru­ces de la fic­ción, la cues­tión de si es po­si­ble es­cri­bir desde el punto de vista de otra per­sona. En otras pa­la­bras, si es po­si­ble que un es­cri­tor cree un per­so­naje muy di­fe­rente a sí mismo. Los nu­me­ro­sos ejem­plos que se po­drían ci­tar pa­re­cen res­pon­der con un so­noro «sí». No obs­tante, si Var­gas Llosa tiene ra­zón cuando afirma en His­to­ria de un dei­ci­dio que los de­mo­nios in­te­rio­res de un es­cri­tor aflo­ran en todo lo que éste es­cribe, val­dría la pena pre­gun­tarse en qué me­dida es po­si­ble, en pa­la­bras de Whit­man, «ser la per­sona herida».

El pro­blema es más com­pli­cado de lo que pa­rece, y en este breve es­pa­cio voy a co­me­ter el atre­vi­miento de es­bo­zarlo a gran­des tra­zos, con la es­pe­ranza de que és­tos por lo me­nos acla­ren la pre­gunta. Si en­ten­de­mos a Whit­man en el sen­tido li­mi­tado de crear un per­so­naje de fic­ción muy di­fe­rente a uno mismo, do­tán­dolo, ade­más, de una voz con­gruente con­sigo mismo, tro­pe­za­re­mos con una di­fi­cul­tad: el he­cho de que esta re­pre­sen­ta­ción del «otro» — su al­te­ri­dad — se puede en­ten­der de mu­chas ma­ne­ras. Crear un per­so­naje que viva en la misma ciu­dad, en el mismo tiempo, que prac­ti­que el mismo ofi­cio y que tenga las mis­mas creen­cias re­pre­senta un ex­tremo de la es­cala. Lla­me­mos a ésta re­pre­sen­ta­ción: «desde den­tro». Mien­tras que el crear un per­sona que viva en otra cul­tura, en otra época y que per­te­nezca al gé­nero se­xual opuesto al del es­cri­tor es el otro ex­tremo de la es­cala. Lla­me­mos a ésta re­pre­sen­ta­ción: «desde fuera».

La pri­mera op­ción no plan­tea tan­tos pro­ble­mas como la se­gunda. No es raro, por lo tanto, que mu­chos au­to­res pos­mo­der­nos op­ten por crear per­so­na­jes que son sus ava­ta­res en el mundo ima­gi­na­rio de sus no­ve­las, ya que de ese modo evi­tan el es­pi­noso pro­blema de «ser la per­sona he­rida». Me apre­suro a agre­gar en su de­fensa que mu­chos de ellos adop­tan esta po­si­ción de una ma­nera cons­ciente, como una forma de cues­tio­nar la au­to­no­mía, así como la in­de­pen­den­cia de la fic­ción. Éste es el caso, por ejem­plo, de Phi­liph Roth en Ame­ri­can Pas­to­ral.

To­mando dis­tan­cia, aun­que mí­nima, de la re­pre­sen­ta­ción desde den­tro, hay mu­chos au­to­res que ha­cen el es­fuerzo de «ser la per­sona he­rida». Ro­berto Bo­laño, por ejem­plo, cuando crea Au­xi­lio La­cou­ture en Amu­leto, una mu­jer uru­guaya, as­pi­rante a poeta, que es la voz que na­rra la no­vela. Tam­bién te­ne­mos el caso pa­ra­dig­má­tico de Vir­gi­nia Woolf, que en Or­lando hace que el per­so­naje epó­nimo em­piece como hom­bre en el si­glo die­ci­séis, para ter­mi­nar trans­for­mado en mu­jer en el si­glo veinte. Per­te­ne­cen tam­bién a esta ca­te­go­ría las no­ve­las epis­to­la­res de Sa­muel Ri­chard­son y Moll Flan­ders de Da­niel Defoe.

To­dos es­tos ejem­plos pa­re­cen su­ge­rir que no es im­po­si­ble «ser la per­sona he­rida» desde den­tro, ya que en to­dos los ca­sos, al mar­gen de otras con­si­de­ra­cio­nes li­te­ra­rias quizá más im­por­tan­tes, to­dos los au­to­res con­si­guen crear per­so­na­jes del otro sexo con la ve­ro­si­mi­li­tud su­fi­ciente como para que sus fic­cio­nes tenga po­der de per­sua­sión. «Ser la per­sona he­rida» desde fuera pa­rece en­tra­ñar un grado de di­fi­cul­tad di­fe­rente. To­me­mos un par de ejemplos.

Em­pe­ce­mos con Gus­tave Flau­bert, a quien po­cos ob­je­ta­rían maes­tría li­te­ra­ria. Sa­lambô, no­vela que cuenta la his­to­ria de la hija del ge­ne­ral car­ta­gi­nés Ha­mil­car Barca, poco des­pués de la Pri­mera Gue­rra Pú­nica, no re­ci­bió bue­nas crí­ti­cas en su tiempo, y ahora, in­clu­sive quie­nes ad­mi­ran a Flau­bert evi­tan emi­tir un jui­cio so­bre la no­vela. El otro ejem­plo es el de John Stein­beck, que ganó el Pre­mio No­bel en 1962, pero cuya no­vela corta La perla, si­tuada en un pe­queño pue­blo me­xi­cano, no es ca­paz de crear un uni­verso tan per­sua­sivo como el que lo­gra en Las uvas de la ira. En am­bos ca­sos se trata de una re­pre­sen­ta­ción del otro «desde fuera».

Quizá la di­fi­cul­tad ra­di­que en que un es­cri­tor que re­pre­senta al «otro» desde fuera está, en buena cuenta, lle­vando a cabo un acto de tra­duc­ción cul­tu­ral. La Sa­lambô car­ta­gi­nesa del si­glo tres tiene que ser tra­du­cida a un pú­blico fran­cés del si­glo die­ci­nueve. El Kino me­xi­cano que ha­bla es­pa­ñol en su vida dia­ria tiene que ser tra­du­cido a un pú­blico nor­te­ame­ri­cano que ha­bla in­glés. Como dice La­wrence Ve­nuti, uno de los idea­les de la tra­duc­ción es que ésta sea «trans­pa­rente» como el vi­drio de una ven­tana. Quizá tanto Flau­bert como Stein­beck pen­sa­ban que eran ca­pa­ces de lo­grar ese ideal, sin no­tar que, como todo ser hu­mano si­tuado en una época y un lu­gar es­pe­cí­fico, te­nían cier­tas li­mi­ta­cio­nes —pun­tos cie­gos— cuando tra­ta­ban de re­pre­sen­tar otras cul­tu­ras y otras épocas.

¿Sig­ni­fica esto que nin­gún es­cri­tor deba in­ten­tar re­pre­sen­tar al otro desde fuera? Como en otros as­pec­tos de la li­te­ra­tura, tam­bién en este caso se­ría ab­surdo pre­ten­der crear re­glas in­fle­xi­bles, apli­ca­bles a ra­ja­ta­bla a to­dos los ca­sos. Sin em­bargo, el he­cho cru­cial que quizá no deba pa­sarse por alto es que un es­cri­tor debe es­tar cons­ciente de que tiene, lo quiera o no, pun­tos cie­gos: el vi­drio por el cual mira a otra cul­tura y otra época tiene im­per­fec­cio­nes. Si uno está dis­puesto a es­cri­bir so­bre el otro, debe es­tar dis­puesto a ex­plo­rar es­tos pun­tos cie­gos, re­co­no­cién­do­los por lo que son: las li­mi­ta­cio­nes pro­pias de la cul­tura en la que uno ha crecido.

Pero hay algo más. Cuando Whit­man es­cribe: «yo mismo me con­vierto en la per­sona he­rida», lo que se está plan­teando no es so­la­mente una re­pre­sen­ta­ción del do­lor de otra per­sona, sino, quizá algo más im­por­tante: una re­pre­sen­ta­ción desde la con­cien­cia de la per­sona he­rida, «ser» la per­sona he­rida, «ha­blar» desde la per­sona he­rida. Esto exige en­trar al uni­verso men­tal (la base epis­te­mo­ló­gica) del otro. Es por eso que la re­pre­sen­ta­ción «desde den­tro» re­sulta más fá­cil cuando tanto es­cri­tor como per­so­naje com­par­ten un uni­verso men­tal se­me­jante. Mien­tras que la re­pre­sen­ta­ción «desde fuera» exige un es­fuerzo que no de­pende sólo de la ima­gi­na­ción o del ge­nio literario.

No quiero dar la im­pre­sión de que es­toy en con­tra de la re­pre­sen­ta­ción del otro desde fuera. Todo lo con­tra­rio. Creo que la fic­ción ha sido uno de los me­dios más im­por­tan­tes que ha te­nido la cul­tura oc­ci­den­tal para tra­tar de com­pren­der otras cul­tu­ras. El es­fuerzo de re­pre­sen­ta­ción desde fuera, en mu­chos ca­sos, es un es­fuerzo por abrir una puerta a otra forma de ver el mundo.

Lo que debe evi­tarse es que di­cha re­pre­sen­ta­ción afiance nues­tras ideas re­ci­bi­das so­bre cómo son las otras cul­tu­ras. Más aún. No debe re­afir­mar nues­tros jui­cios so­bre las prác­ti­cas cul­tu­ra­les de los otros. De modo que si la prác­tica cul­tu­ral del otro me pa­rece «kitsch», una buena obra de fic­ción no debe re­afir­mar mi creen­cia mos­trán­dome cuán pa­té­ti­ca­mente kitsch es la otra cul­tura, sino más bien, adop­tando el con­sejo de Whit­man, debe ha­cerme en­ten­der por qué, desde el uni­verso men­tal del otro, esa prác­tica cul­tu­ral dista mu­cho de ser kitsch.

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4 Comentarios en “Ser la persona herida”

  1. alberto loza 13 mayo 2010 at 8:00 am #

    José, al res­pecto de «sentirse/ser la per­sona he­rida», quizá te in­terese ver esto. Gra­cias por los ar­tícu­los. Los leo siem­pre. Te debo una carta.

    al­berto

    http://www.ted.com/talks/lang/eng/vs_ramachandran_the_neurons_that_shaped_civilization.html

  2. Esteban Quiroz Cisneros 13 mayo 2010 at 8:00 am #

    Ser el otro y sen­tir como es él, es algo que sòlo el arte puede lo­grar. Al­gu­nos lo hace otro no. No im­porta cuàn en­cum­bra­dos sean como ar­tis­tas, sen­ci­lla­mente no lo lo­gran.
    Al­gu­nos li­bros no los he leído. Ha­brá que apu­rarse.
    Un abrazo
    Esteban

  3. alberto loza 13 mayo 2010 at 8:03 am #

    José,
    So­bre lo de «ser/serntirse la per­sona he­rida», creo que te in­tere­sará ver esto:
    http://www.ted.com/talks/lang/eng/vs_ramachandran_the_neurons_that_shaped_civilization.html

    Gra­cias por los ar­tícu­los, todos.

    al­berto

  4. josedepierola 18 mayo 2010 at 3:12 am #

    For­mi­da­ble el vi­deo de Ra­ma­chan­dran. Gra­cias, Alberto.


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