El libro de Gutenberg

Fu­turo li­bro electrónico.

Tengo la im­pre­sión de que quie­nes ha­blan del li­bro elec­tró­nico to­man dos pro­ble­mas muy di­fe­ren­tes como si fuera uno solo.  Para em­peo­rar las co­sas, ins­pi­ra­dos en el «ceci tuera cela» (esto ma­tará aque­llo), hay otros que pre­di­cen la in­mi­nente desa­pa­ri­ción del li­bro im­preso. ¿De qué ha­bla­mos cuando ha­bla­mos de «li­bro electrónico»?

El li­bro, tal como lo co­no­ce­mos ahora —un cierto nú­mero de ho­jas uni­das a un lomo y pro­te­gi­das por dos ta­pas— apa­rece cuando los ro­llos de pa­piro son re­em­pla­za­dos por el per­ga­mino. Este for­mato re­vo­lu­cio­na­rio, que em­pieza a ser co­mún al­re­de­dor del si­glo seis, re­que­ría el in­fa­ti­ga­ble con­curso de un pe­queño ejér­cito de mon­jes que, en­cor­va­dos so­bre sus me­sas de tra­bajo en un scrip­to­rium, los co­pia­ban a mano, do­tán­do­los tam­bién de her­mo­sas ilus­tra­cio­nes. No re­sul­taba raro que un ejem­plar fuera tan caro como una casa. Con la apa­ri­ción de la im­prenta, al­re­de­dor de 1440, el li­bro su­fre el pri­mer cam­bio im­por­tante en su historia.

¿Qué ha­bía creado Gu­ten­berg? Un li­bro con tres ca­rac­te­rís­ti­cas esen­cia­les: 1. Com­pa­rado con su pre­de­ce­sor, el li­bro de Gu­ten­berg es ri­dí­cu­la­mente ba­rato, lo que le per­mite con­ver­tirse en un ar­tículo po­pu­lar. 2. El li­bro se hace por­ta­ble. Los li­bros es­cri­tos en per­ga­mino, aún los que no es­ta­ban en­ca­de­na­dos a un es­tante, eran ob­je­tos pe­sa­dos que di­fí­cil­mente se lle­va­ban fuera de una bi­blio­teca. 3. Es muy fá­cil de usar. No hace falta nin­gún ma­nual de ins­truc­cio­nes para usar el li­bro de Gu­ten­berg ya que los có­di­gos de in­ter­ac­ción se apren­den en unos po­cos mi­nu­tos. Lo más im­por­tante, sin em­bargo, es que una vez que uno usa un li­bro, ha apren­dido a usar to­dos los li­bros. El li­bro de Gu­ten­berg es tan re­vo­lu­cio­na­rio que tam­bién se­ñala un giro fun­da­men­tal en Eu­ropa: el paso de una cul­tura vi­sual y oral a una cul­tura escrita.

De cara a nues­tro asunto es fun­da­men­tal no­tar que el li­bro de Gu­ten­berg funde el con­te­nido con el me­dio de una ma­nera per­fecta. Tanto así que cuando de­ci­mos la pa­la­bra «li­bro» nos re­fe­ri­mos tanto al so­porte fí­sico como al texto in­cluido en di­cho so­porte. En el li­bro elec­tró­nico, por el con­tra­rio, esa in­te­gra­ción no existe. De he­cho, una de las ca­rac­te­rís­ti­cas fun­da­men­ta­les del li­bro elec­tró­nico es que puede exis­tir in­de­pen­dien­te­mente de su so­porte. Eso puede ser una gran ven­taja, aun­que, por ahora, ha sido una gran desventaja.

El li­bro elec­tró­nico, en­ten­dido como «con­te­nido», apa­rece cuando Mi­chael S. Hart lanza en 1971 el Pro­yecto Gu­ten­berg, cuyo fin es crear un ar­chivo di­gi­tal de to­dos los li­bros en do­mi­nio pú­blico. En­ton­ces ya era po­si­ble leer un li­bro en una pan­ta­lla, aun­que esta per­te­ne­ciera a una compu­tadora tan cara, y quizá casi tan vo­lu­mi­nosa, como una ca­te­dral. Po­cos años des­pués, con las pri­me­ras compu­tado­ras per­so­na­les, el li­bro elec­tró­nico llega a los ho­ga­res de los paí­ses avan­za­dos. El pro­blema, por su­puesto, es que a na­die se le ha­bría ocu­rrido lle­var una PC a la playa para po­der leer su li­bro fa­vo­rito. In­clu­sive hoy, cuando las compu­tado­ras por­tá­ti­les son re­la­ti­va­mente ba­ra­tas, re­sulta raro que al­guien las use sólo para leer li­bros. Sin em­bargo, es justo de­cir que el li­bro elec­tró­nico, en tér­mi­nos de con­te­nido, goza de buena sa­lud y tiene mu­cho futuro.

No ocu­rre lo mismo con el «so­porte», en­ten­dido como un dis­po­si­tivo de­di­cado, di­se­ñado para fa­ci­li­tar la lec­tura de li­bros elec­tró­ni­cos, que to­da­vía pa­dece una me­nes­te­rosa in­fan­cia. El pri­mero, el Sony Reader que apa­rece en el 2006, marca la pauta. Su in­no­va­ción con­siste en ser un dis­po­si­tivo pe­queño, li­viano y por­ta­ble, con una pan­ta­lla ba­sada en la tec­no­lo­gía e-ink, desa­rro­llada para si­mu­lar el com­por­ta­miento de la tinta en el pa­pel (ha­ciendo que el texto sea mu­cho más fá­cil de leer en con­di­cio­nes cam­bian­tes). Muy pronto apa­re­cen otros lec­to­res. El Kindle de Ama­zon en el 2007 y el Nook de Bar­nes & No­ble en el 2009. Tam­bién hay, como uno po­dría ima­gi­nar, otra do­cena de lec­to­res de di­ver­sos fa­bri­can­tes. Pero to­dos es­tán ba­sa­dos en e-ink, y to­dos, a mi jui­cio, tie­nen las mis­mas carencias.

Si es­tos me­dios sue­ñan con re­em­pla­zar al li­bro de Gu­ten­berg ten­drán que igua­lar sus tres ca­rac­te­rís­ti­cas bá­si­cas. Em­pe­ce­mos por la por­ta­bi­li­dad. Es cierto que la ma­yo­ría de lec­to­res pe­san y ocu­pan el es­pa­cio equi­va­lente a un li­bro de Gu­ten­berg, y que, por lo tanto, son igual­mente por­ta­bles. Pero los lec­to­res to­da­vía usan ba­te­rías cuya vida útil re­sulta ri­dí­cula en com­pa­ra­ción. Uno puede de­jar un li­bro de Gu­ten­berg du­rante años sin que se bo­rre el con­te­nido. Los lec­to­res de li­bros elec­tró­ni­cos to­da­vía de­pen­den de­ma­siado de sus ba­te­rías. Pero por­ta­bi­li­dad no es sólo ta­maño, peso y ba­te­ría: tam­bién hay que te­ner en cuenta la du­ra­bi­li­dad. Uno puede sen­tarse so­bre un li­bro de Gu­ten­berg, su­mer­girlo en el agua por unos ins­tan­tes, in­clu­sive arro­jarlo con­tra la pa­red, sin que se pierda la in­for­ma­ción. Cual­quiera de es­tos mal­tra­tos usua­les des­trui­ría un lec­tor de li­bros electrónicos.

En tér­mi­nos de uso, las co­sas no me­jo­ran de­ma­siado. Ins­pi­ra­dos por las compu­tado­ras, los di­se­ña­do­res de los lec­to­res de li­bros elec­tró­ni­cos (pro­ba­ble­mente in­ge­nie­ros que no leen li­bros de Gu­ten­berg) no tie­nen em­pa­cho en in­cluir una se­rie de bo­to­nes, cada uno a su aire, ade­más de me­nús de na­ve­ga­ción que su­pues­ta­mente fa­ci­li­tan el ac­ceso al con­te­nido. Cada fa­bri­cante tiene su pro­pio menú, y aun­que al­gu­nos mo­de­los, como el Nook, tra­tan de sim­pli­fi­car­los al má­ximo, to­da­vía no re­sul­tan tan in­tui­ti­vos, ni su­fi­cien­te­mente rá­pi­dos. De he­cho, éste es uno de los pro­ble­mas de la tec­no­lo­gía e-ink: es em­ba­ra­zo­sa­mente lenta. Cada cam­bio de pá­gina ocu­rre con un par­pa­deo y un par de hi­pos que al prin­ci­pio pa­re­cen gra­cio­sos pero que pronto se con­vier­ten en una mo­les­tia. En el li­bro de Gu­ten­berg es muy fá­cil mar­car la pá­gina que es­ta­mos le­yendo, vol­ver una pá­gi­nas atrás para che­quear un nom­bre o avan­zar al ín­dice para com­pro­bar algo, todo en unos po­cos se­gun­dos, y sin per­der la ila­ción de la lec­tura. Los lec­to­res del li­bro elec­tró­nico ha­cen esa sim­ple ta­rea im­po­si­ble, o, en el me­jor de los ca­sos, frus­trante. ¿Ho­jear un li­bro? To­da­vía es un sueño. ¿Es­cri­bir unas mar­cas o co­men­ta­rios al mar­gen? Es un pro­ceso lento que obliga al lec­tor a res­pon­der pre­gun­tas tan ton­tas como: ¿Quiere gra­bar los cam­bios? En po­cas pa­la­bras, para po­der con­ver­tirse en un me­dio via­ble, los lec­to­res de li­bros elec­tró­ni­cos tie­nen que ser tan fá­ci­les de usar, tan ver­sá­ti­les y tan in­tui­ti­vos como un li­bro de Gutenberg.

Pero el pro­blema prin­ci­pal de la ge­ne­ra­ción ac­tual de lec­to­res es el pre­cio. El Sony Reader cos­taba más de $400. En los úl­ti­mos me­ses, gra­cias a la com­pe­ten­cia, su pre­cio ha ba­jado. Pero in­clu­sive los más ba­ra­tos (Nook y Kindle), que cues­tan $259, to­da­vía son ri­dí­cu­la­mente ca­ros com­pa­ra­dos con un li­bro en rús­tica que se puede com­prar por $12. Per­der un li­bro en rús­tico no es un drama. Tam­poco lo es per­der un Kindle, pero el te­ner que pa­gar otros $259 para re­po­nerlo puede pro­du­cir indigestión.

Esto no sig­ni­fica que los lec­to­res de li­bros elec­tró­ni­cos ac­tua­les no ten­gan un mer­cado. Existe, y pa­rece que muy vi­go­roso, a juz­gar por los re­por­tes de ven­tas del Kindle. Tam­bién se­guirá en au­mento la pro­duc­ción de li­bros elec­tró­ni­cos. Pero este mer­cado, que tiene cier­tas ne­ce­si­da­des, há­bi­tos y po­der ad­qui­si­tivo par­ti­cu­la­res, será por un tiempo una frac­ción del mer­cado del li­bro de Gu­ten­berg. Esto no sig­ni­fica que, en el fu­turo, las co­sas pue­dan cam­biar. ¿Qué ca­rac­te­rís­ti­cas de­be­ría te­ner un lec­tor de li­bros elec­tró­ni­cos para des­pla­zar al li­bro de Gutenberg?

1. En pri­mer lu­gar, debe ser ca­paz de leer di­ver­sos for­ma­tos elec­tró­ni­cos, em­pe­zando por el for­mato de texto, que es el más uni­ver­sal, y en el cual es­tán al­ma­ce­na­dos los cada vez más cre­cien­tes ar­chi­vos del Pro­yecto Gutenberg.

2. Debe ser pe­queño, li­viano, y debe ser ca­paz de aguan­tar un mal­trato ra­zo­na­ble, sin mos­trar una apre­cia­ble de­gra­da­ción de ren­di­miento. Una caída, por ejem­plo, de­be­ría ser cosa de nada.

3. Debe usar un in­ter­faz uni­ver­sal, tan fá­cil que uno no tenga que abrir un ma­nual de usua­rio para sa­ber cómo se avanza al ín­dice, o cómo se es­cribe una nota al margen.

4. Fi­nal­mente debe cos­tar el equi­va­lente a unos ac­tua­les $25. Sí, diez ve­ces me­nos que los lec­to­res ac­tua­les. Que ade­más pue­dan lle­var do­ce­nas de li­bros en su me­mo­ria debe ser la cereza.

¿Es de­ma­siado pe­dir? El li­bro de Gu­ten­berg lo­gró me­tas más am­bi­cio­sas. El in­cen­tivo para el nuevo lec­tor de li­bros elec­tró­ni­cos existe. El li­bro, como con­cepto, no va a des­a­pa­re­cer de nues­tra ci­vi­li­za­ción. Cam­biará el me­dio, quizá, si se cum­plen es­tos re­qui­si­tos. Mien­tras tanto, la ma­yo­ría de lec­to­res to­da­vía pre­fe­rirá lle­var un li­bro de Gu­ten­berg en el bol­si­llo, con la se­gu­ri­dad de que es­tará allí, dis­puesto a re­ci­bir­los, cuando tenga unos mi­nu­tos li­bres para leerlo.

So­porte téc­nico para el li­bro de Gutenberg.

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Un comentario en “El libro de Gutenberg”

  1. LuchinG 4 octubre 2010 at 5:25 pm #

    Hay otra cosa que tam­poco hace el li­bro elec­tró­nico: ser­vir de adorno. No se puede de­jarlo al lado de tu es­cri­to­rio para apro­ve­char en co­men­tarlo cuando al­guien se acer­que y tam­poco es pos­ble ir a un bar para que to­dos lo vean a uno le­yendo 2666.


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