Nuestras vidas son las historias…

Retrato en guía telefónica (Alex Queral)

Re­trato en guía te­le­fó­nica (Alex Queral)

Una de las teo­rías con­tem­po­rá­neas so­bre la for­ma­ción del su­jeto dice que no so­mos más que las his­to­rias que nos con­ta­mos so­bre no­so­tros mis­mos. Este pro­ceso, que tiene mu­cho de in­ven­ción, se­ría la base de nues­tra iden­ti­dad. Tam­bién so­mos aque­llos jui­cios, preo­cu­pa­cio­nes e ideas re­cu­rren­tes que apa­re­cen en nues­tra mente cuando la de­ja­mos va­gar por cuenta pro­pia. Por úl­timo, la ima­gen que nos mira desde un es­pejo tam­bién afecta quié­nes cree­mos que so­mos. Quizá sea cierto. Sin em­bargo, todo eso pa­rece ins­pi­rado en la fic­ción, ya que en ésta, los per­so­na­jes se crean a par­tir de tres téc­ni­cas muy pa­re­ci­das: la ac­ción, el mundo in­te­rior y el as­pecto físico.

Se­gún al­gu­nos crí­ti­cos post­mo­der­nos, esta téc­ni­cas bá­si­cas —junto con otras que la fic­ción ha desa­rro­llado du­rante mi­les de años— no son más que ar­ma­tos­tes ob­so­le­tos que de­be­rían ti­rarse al ta­cho de la li­te­ra­tura. En otra oca­sión he se­ña­lado que quie­nes pien­san de esta ma­nera es­tán ins­pi­ra­dos por un po­si­ti­vismo tar­dío que ve en el arte un desa­rro­llo li­neal se­me­jante al de la cien­cia. Fe­liz­mente, la ma­yo­ría nos da­mos cuenta de que las co­sas no son así. Sin em­bargo, val­dría la pena po­ner a prueba es­tas téc­ni­cas tra­di­cio­na­les exa­mi­nando la obra de un au­tor al que todo el mundo, in­clu­sive sus crí­ti­cos más se­ve­ros, con­si­de­ran post­mo­derno sin lu­gar a du­das. Me re­fiero a Paul Aus­ter, de quien se dice que ha des­mon­tado la Poé­tica de Aris­tó­te­les, que es­cribe obras me­ta­fic­cio­na­les, que crea no­ve­las que rom­pen con la es­truc­tura tem­po­ral, que cues­tiona el pa­pel del au­tor apa­re­ciendo como per­so­naje en al­gu­nas de sus no­ve­las (City of Glass, por ejem­plo). Vea­mos cómo este au­tor post­mo­derno cons­truye sus per­so­na­jes en Ora­cle Night (La no­che del oráculo), su on­ceava novela.

Na­rrada en pri­mera per­sona, la no­vela cuenta la his­to­ria de Sin­dey Orr —un es­cri­tor, como era de es­pe­rarse— que des­pierta des­pués de una larga en­fer­me­dad, y que, como parte del pro­ceso de re­cu­pe­ra­ción, de­cide es­cri­bir una no­vela, cuyo texto apa­rece en La no­che del oráculo, y que sirve de con­tra­punto con la vida per­so­nal de Sin­dey Orr y de los te­mas que plan­tea la na­rra­ción prin­ci­pal. En la tra­duc­ción de Be­nito Gó­mez Iba­ñez, li­ge­ra­mente pu­lida para evi­tar dis­trac­cio­nes, lee­mos en la pri­mera página:

Em­pecé dando pe­que­ños pa­seos, sin ale­jarme más de una o dos man­za­nas y luego vol­vía a casa. En­ton­ces te­nía treinta y cua­tro años, pero a to­dos los efec­tos la en­fer­me­dad me ha­bía con­ver­tido en un an­ciano: uno de esos vie­jos me­dio pa­ra­li­za­dos y tem­blo­ro­sos que van arras­trando los pies y no pue­den po­ner uno de­lante del otro sin an­tes de­ci­dir cuál es cuál.

En toda na­rra­ción en pri­mera per­sona la voz na­rra­tiva nos da una im­pre­sión clara del per­so­naje que cuenta la his­to­ria. En nues­tro ejem­plo la pri­mera ora­ción tiene un ca­rác­ter me­ra­mente in­for­ma­tivo que no re­vela mu­cho. La se­gunda, por el con­tra­rio, re­sulta mu­cho más rica ya que pasa de la na­rra­ción al mo­nó­logo in­te­rior. Usual­mente, cuando apa­rece en una na­rra­ción de ter­cera per­sona, éste se re­suelve con el dis­curso li­bre in­di­recto. En am­bos ca­sos, en­tra­mos al in­te­rior del per­so­naje para ver desde allí el mundo ex­te­rior. Todo re­sulta co­lo­reado, juz­gado, in­clu­sive ses­gado por la cons­cien­cia del na­rra­dor. Sid­ney Orr, en este caso.

El mo­nó­logo in­te­rior usual­mente se aso­cia con las no­ve­las que lo con­vier­ten en su es­truc­tura bá­sica —desde No­tas desde el sub­suelo de Dos­to­yevsky hasta Everyt­hing is Illu­mi­na­ted de Sa­fran Foer— pero es una téc­nica na­rra­tiva que apa­rece en to­das no­ve­las. No hay me­jor forma de mos­trar la vida in­te­rior de un per­so­naje (esa es una de las gran­des di­fe­ren­cias en­tre el cine y la no­vela, a pe­sar de que am­bos gé­ne­ros cuen­ten his­to­rias). En La no­che del oráculo so­mos tes­ti­gos cons­tan­tes del mundo in­te­rior de su na­rra­dor. Más ade­lante, por ejem­plo, cuando Sid­ney Orr em­pieza a creer que Grace, su es­posa, le oculta un se­creto, éste piensa: «No te­nía el de­ber de juz­garla. Yo era su es­poso, no un te­niente de la po­li­cía mo­ral, y es­taba dis­puesto a apo­yarla».
Aus­ter tam­bién usa la des­crip­ción fí­sica para cons­truir sus per­so­na­jes. En una nota a pie de pá­gina, que es como cuenta gran parte de la his­to­ria, Sid­ney Orr des­cribe a Grace de la si­guiente manera:

Me­día un me­tro se­tenta y dos cen­tí­me­tros, y pe­saba cin­cuenta y siete ki­los. Cue­llo es­belto, bra­zos y de­dos lar­gos, piel pá­lida y ca­be­llo ru­bio os­curo, más bien corto. Su pelo, se­gún caí en cuenta más ade­lante, te­nía cierto pa­re­cido con el de los di­bu­jos del pro­ta­go­nista de El prin­ci­pito —un ma­nojo de me­cho­nes ri­za­dos y en punta — , y esa aso­cia­ción quizá am­pliaba el aura un tanto an­dró­gina que ema­naba de Grace.

Es cierto que esta des­crip­ción, que no es­ta­ría fuera de lu­gar en una no­vela del si­glo die­ci­nueve, es un re­curso un tanto iró­nico en las ma­nos de Aus­ter, en es­pe­cial si apa­rece en una nota a pie de pá­gina, un re­curso usual­mente aso­ciado a los tex­tos aca­dé­mi­cos. Sin em­bargo, eso no quita que una vez al tanto de la iro­nía, el lec­tor no quede con una cierta im­pre­sión de la apa­rien­cia de Grace, lo que con­tri­buye a que la ima­gi­ne­mos como una per­sona real.

Fi­nal­mente, Aus­ter tam­bién re­cu­rre a la ac­ción, en­ten­dida como la ma­ni­fes­ta­ción fí­sica de un per­so­naje, desde su voz hasta su in­ter­ac­ción con el mundo que lo ro­dea. La no­vela den­tro de la no­vela trata de Nick Bo­wen, un neo­yor­quino que des­pués de sal­varse de mo­rir de mi­la­gro de­cide aban­do­narlo todo, por com­pleto, para em­pe­zar de cero otra vez (el «im­po­si­ble ideal» como lo llama Gwen Har­wood en su poema «A Game of Chess»). Toma el pri­mer avión que sale de Nueva York, y ter­mina lle­gando a Kan­sas City, donde se amiga con Ed Vic­tory, un ta­xista que en su tiempo li­bre di­rige el «Buró Para la Pre­ser­va­ción His­tó­rica». Ésta es una de las pri­mera es­ce­nas en la que ve­mos a Vic­tory en acción:

Fuerte y cor­pu­lento, con los ti­ran­tes col­gando y el pan­ta­lón des­abro­chado, el único co­no­cido de Nick en Kan­sas City está sen­tado en la cama con una pis­tola en la mano y apun­tando al co­ra­zón del vi­si­tante. Es la pri­mera vez que ame­na­zan a Bo­wen con una pis­tola, pero an­tes de que se asuste lo su­fi­ciente para sa­lir de la ha­bi­ta­ción, Vic­tory baja el arma y la de­po­sita en la me­si­lla de noche.

Es us­ted, dice. El neo­yor­quino fulminado.

¿Es­pe­raba pro­ble­mas?, pre­gunta Nick, sin­tiendo tar­día­mente el te­rror de una po­si­ble bala en el pe­cho, aún cuando ya ha pa­sado el peligro.

Son tiem­pos di­fí­ci­les, con­testa Ed, y éste es un lu­gar di­fí­cil. Toda pru­den­cia es poca.

Esta es­cena mues­tra cuán efec­tiva puede ser la ac­ción —in­clu­sive la más sim­ple— para cons­truir un per­so­naje. De­bido a que Vic­tory deja la pis­tola en la mesa de no­che, sa­be­mos que está acos­tum­brado a ese gesto, tanto, que se ha con­ver­tido en un acto casi au­to­má­tico, como qui­tarse los an­te­ojos. Tam­bién el he­cho de que no le ponga se­guro, nos dice que to­da­vía es­pera usarla otra vez, quizá para de­fen­der su vida. Ed Vic­tory se vuelve un per­so­naje mu­cho más in­tere­sante y mis­te­rioso. El he­cho de que Vic­tory tenga se­senta y siete años, y to­da­vía siga tan alerta en un «lu­gar di­fí­cil», tam­bién co­necta te­má­ti­ca­mente con el co­men­ta­rio de Sid­ney Orr al prin­ci­pio de la novela.

Pronto des­cu­bri­mos que el «Buró» no es más que una in­mensa co­lec­ción de an­ti­guas guías te­le­fó­ni­cas de todo el mundo. Una ima­gen que, ade­más del tono bor­giano, nos re­mite a To­dos los nom­bres de José Sa­ra­mago, donde Sen­hor José tiene ac­ceso a los nom­bres de to­das las per­so­nas que una vez vi­vie­ron en su pue­blo. Como Vic­tory, tam­bién es un pe­queño dios que tiene al al­cance de la mano el úl­timo ves­ti­gio de los que fue­ron. El nom­bre es uno de los pri­me­ros atri­bu­tos de una per­sona así como del per­so­naje li­te­ra­rio. Cuando todo lo de­más se ha ol­vi­dado, cuando quizá el pro­pie­ta­rio no sea más que ce­ni­zas arras­tra­das por el viento, lo que queda es su nom­bre, que per­siste en un pa­pel aun­que a na­die le importe.

Es­tos ejem­plos me pa­re­cen su­fi­cien­tes para acep­tar que Aus­ter, a pe­sar de sus in­ta­cha­bles cre­den­cia­les post­mo­der­nas, si­gue usando téc­ni­cas na­rra­ti­vas tra­di­cio­na­les para cons­truir sus per­so­na­jes. Por su­puesto, mi in­ten­ción está muy le­jos de des­acre­di­tar a Aus­ter. Todo lo con­tra­rio, creo que es uno de los es­cri­to­res post­mo­der­nos que con más jui­cio toma pres­ta­das las téc­ni­cas na­rra­ti­vas clá­si­cas para com­bi­nar­las con es­truc­tu­ras na­rra­ti­vas con­tem­po­rá­neas, cosa que lo ha con­ver­tido en uno de los au­to­res nor­te­ame­ri­ca­nos más re­co­no­ci­dos. Hay es­cri­to­res, como Kun­dera, que evi­tan la des­crip­ción fí­sica. Pero las otras dos téc­ni­cas —la re­ve­la­ción del mundo in­te­rior y las ac­cio­nes— son fun­da­men­ta­les para toda no­vela, in­clu­sive las post­mo­der­nas. Aun­que cada vez que leo este tér­mino pienso en El Qui­jote, pero quizá ese sea tema para otra se­mana. Mien­tras tanto, es­pero que dis­fru­ten la lec­tura de La no­che del oráculo.

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