Leyendo Amsterdam

Duelo des­pués de una mascarada

El ser hu­mano usual­mente no puede ele­gir dos de los even­tos más im­por­tan­tes de su vida. No ele­gi­mos, por su­puesto, el na­cer. Es­capa nues­tro con­trol, pero, sin em­bargo, al ubi­car­nos en un lu­gar, un tiempo y en de­ter­mi­nado en­torno so­cial, con­di­ciona gran parte de nues­tras vi­das. Tam­poco po­de­mos ele­gir el otro evento, la muerte, a pe­sar de que es el más im­por­tante de nues­tra exis­ten­cia ya que, cuando ocu­rre, la niega de ma­nera ab­so­luta y para siem­pre. Quizá por eso la li­te­ra­tura ha te­nido una fas­ci­na­ción cons­tante con la muerte. En es­pa­ñol, desde las «Co­plas» de Jorge Man­ri­que, hasta Pe­dro Pá­ramo de Juan Rulfo, sólo para men­cio­nar dos maestros.

Hay quie­nes le han que­rido ga­nar la par­tida a la muerte por­que ésta se niega a lle­gar cuando la vida pa­rece in­so­por­ta­ble. Vir­gi­nia Woolf, Al­fon­sina Storni, Ale­jan­dra Pi­zar­nik, en­tre otras. Pero in­clu­sive quie­nes acep­ta­mos que el evento su­premo de nues­tra exis­ten­cia sea de­ci­dido por un po­der in­vi­si­ble, mis­te­rioso, quizá alea­to­rio, no es­ta­mos exen­tos del te­mor de que nues­tros úl­ti­mos años trans­cu­rran su­mi­dos en la in­dig­ni­dad sin que po­da­mos ha­cer nada para evi­tarlo. Las for­mas de de­men­cia se­nil, la de­ge­ne­ra­ción vas­cu­lar, el Alz­hei­mer, son pe­sa­di­llas que nos ace­chan a todos.

Es pre­ci­sa­mente el tema cen­tral de Ams­ter­dam de Ian McE­wan. La no­vela em­pieza cuando dos hom­bres de me­diana edad asis­ten al en­tie­rro de una mu­jer que fue amante de am­bos en épo­cas di­fe­ren­tes. Mo­lly Lane, que así se llama ella, ha muerto des­pués de su­frir una de­ne­ga­ción vas­cu­lar ga­lo­pante que la con­dena a un fi­nal que, al ver de los in­gle­ses, re­sulta de­gra­dante. Los dos aman­tes, Clive Lin­ley, un com­po­si­tor de mú­sica clá­sica, y Ver­non Ha­lli­day, edi­tor de un pe­rió­dico im­por­tante, que ade­más son muy bue­nos ami­gos, se pre­gun­tan qué pa­sa­ría si uno de ellos se viera afec­tado por un mal se­me­jante. Esta pre­gunta se con­vierte en el mo­tor de la no­vela. Pá­gi­nas des­pués, quizá unas cin­cuenta, la so­lu­ción pa­rece ob­via: de­ci­dir de an­te­mano que al­guien los ayude a bien mo­rir an­tes de que cai­gan por com­pleto en la in­dig­ni­dad. Los dos ami­gos cie­rran un pacto.

Todo esto queda claro en los pri­me­ros ca­pí­tu­los, aun­que da la im­pre­sión de que el tema mismo po­dría ser un mor­disco de­ma­siado grande para una no­vela que no llega a las dos­cien­tas pá­gi­nas. Re­sulta más preo­cu­pante to­da­vía cuando des­cu­bri­mos que Ams­ter­dam es mu­cho más am­bi­ciosa to­da­vía. No con­tenta con ex­plo­rar la res­pon­sa­bi­li­dad ética de quien tiene que de­ci­dir la muerte de un ser hu­mano por su pro­pio bien, tam­bién pone en la ban­deja na­rra­tiva otras preo­cu­pa­cio­nes: el eterno de­bate en­tre van­guar­dia y tra­di­ción, el ego­cen­trismo del ar­tista, el te­nue velo que se­para la vida pú­blica de la vida pri­vada, los lí­mi­tes del im­pe­ra­tivo mo­ral, sólo para nom­brar unos po­cos. ¿Es po­si­ble de­cir algo so­bre to­dos es­tos te­mas en una no­vela corta sin ser pres­crip­tivo ni de­jar de ser interesante?

Em­pecé a leer Ams­ter­dam en 1999. Des­cu­brí Ian McE­wan como he des­cu­bierto casi to­dos mis au­to­res fa­vo­ri­tos desde la época de la se­cun­da­ria. Una suerte de re­be­lión per­ma­nente me im­pide se­guir a pie jun­ti­llas re­co­men­da­cio­nes so­bre lec­tu­ras, en es­pe­cial las de los crí­ti­cos, aun­que no tenga nada con­tra ellos. Se trata del te­mor de que el jui­cio de otros em­pañe mi ex­pe­rien­cia. De modo que siem­pre pre­fiero hur­gar en­tre li­bros, re­vi­sando au­to­res de los que no he oído ha­blar, de­jando que las pri­me­ras pa­la­bras de sus tex­tos sean su me­jor carta de pre­sen­ta­ción. En­con­tré Ams­ter­dam, un li­bro de pe­queño for­mato, en uno de los anaque­les de una li­bre­ría de La Jo­lla, donde vi­vía entonces.

Lo llevé, junto con otra me­dia do­cena de li­bros, a uno de los si­llo­nes más le­ja­nos, donde pen­saba re­vi­sar­los con calma. No re­cuerdo los otros tí­tu­los por­que Ams­ter­dam me cap­turó de tal ma­nera que leí casi la mi­tad de la no­vela sin mo­verme del si­llón. Es un efecto que me causa in­mensa sa­tis­fac­ción, y que, en su mo­mento, tam­bién tu­vie­ron Wis­lawa Szym­borska, Cor­mac Mc­Carthy (cuando to­da­vía no lo ha­bían lle­vado al cine), Fran­cine Prose e Is­mail Ka­daré, sólo para nom­brar al­gu­nos. ¿En qué con­siste el po­der de per­sua­sión de Ams­ter­dam?

En pri­mer lu­gar, y so­bre todo, en el tono de sá­tira so­cial, fi­na­mente hi­lada en el en­tra­mado de todo el texto de la no­vela, pa­re­cido al que em­plea Jo­nat­han Swift en Una mo­desta pro­po­si­ción. Pero el ofi­cio de Ian McE­wan va mu­cho más allá, y quizá val­dría la pena men­cio­nar dos téc­ni­cas na­rra­ti­vas que lo de­mues­tran. La pri­mera es la que Henry Ja­mes llamó el «per­so­naje re­flec­tor», y que des­pués Ge­rard Ge­nette re­bau­tizó como «fo­ca­li­za­ción», que no es más que la pers­pec­tiva desde la cual se ven los even­tos na­rra­dos. El pri­mer ca­pí­tulo de Ams­ter­dam abre con: «Dos ex aman­tes de Mo­lly Lane es­pe­ra­ban afuera de la ca­pi­lla del cre­ma­to­rio dán­dole la es­palda al frío de fe­brero.» Esta pri­mera ora­ción si­túa el punto de vista na­rra­tivo en ter­cera per­sona. Ve­mos a los aman­tes desde fuera, y aun­que las lí­neas que si­guen su­gie­ren un na­rra­dor muy afín a ellos, éste no se iden­ti­fica con ninguno.

Una pá­gina des­pués, McE­wan fo­ca­liza la na­rra­ción en Clive de una ma­nera muy sim­ple. Em­pieza un pá­rrafo nuevo con: «Clive Lin­ley ha­bía sido el pri­mero en co­no­cer a Mo­lly, en la época en que am­bos eran es­tu­dian­tes el año 68, cuando vi­vie­ron jun­tos en una casa caó­tica y cam­biante si­tuada en Vale of Health». Sa­be­mos que hay fo­ca­li­za­ción, a pe­sar de que la na­rra­ción con­ti­núa en ter­cera per­sona, por­que la sen­si­bi­li­dad del na­rra­dor se ha fun­dido con la de Clive, ve­mos el mundo a tra­vés de los ojos de éste. En la pá­gina si­guiente, la fo­ca­li­za­ción cam­bia a Ver­non. Des­pués de un diá­logo cuya atri­bu­ción es: «Dijo Ver­non Ha­lli­day», el na­rra­dor con­ti­núa: «Ha­bía vi­vido con ella en Pa­rís, el año 74, cuando él tuvo su pri­mer tra­bajo en Reuters y Mo­lly ha­cía algo para Vo­gue». La úl­tima parte, so­bre todo, deja claro que es­ta­mos viendo el mundo desde la pers­pec­tiva de Ver­non, que no supo en qué con­sis­tía, ni se in­teresó nunca en el tra­bajo de Molly.

Esta téc­nica na­rra­tiva no es nueva. Ya la prac­ti­ca­ban Aus­ten y Flau­bert. Pero lo que en ellos a ve­ces se lee to­da­vía como un ar­ti­fi­cio, en Ams­ter­dam es ya un me­ca­nismo in­vi­si­ble que per­mite al­ter­nar las con­cien­cias desde las que se ve el mundo na­rrado, do­tando a la no­vela de un ex­tra­or­di­na­rio po­der de per­sua­sión. Tam­bién ayuda que Clive Lin­ley sea un com­po­si­tor cuyo es­tilo está en con­flicto con las ideas al uso de lo que debe ser la mú­sica clá­sica con­tem­po­rá­nea. Y que Ver­non Ha­lli­day, como edi­tor de un im­por­tante pe­rió­dico, tenga que to­mar una de­ci­sión ética que puede afec­tar la vida po­lí­tica de su país.

La otra téc­nica na­rra­tiva im­por­tante es la es­truc­tura de la no­vela. De he­cho, ho­jeán­dola, uno no puede de­jar de pen­sar en Mi­lan Kun­dera, quien tam­bién di­vide la ma­yo­ría de sus no­ve­las en ca­pí­tu­los, y és­tos en sec­cio­nes. En El arte de la no­vela, Kun­dera plan­tea que la «ar­qui­tec­tura» de sus no­ve­las tiene un claro pa­ra­lelo con la mú­sica. Ams­ter­dam está di­vi­dida en cinco ca­pí­tu­los, cada uno de los cua­les tiene 2, 5, 3, 6 y 6 sec­cio­nes, res­pec­ti­va­mente. Esta di­vi­sión tiene como ob­jeto crear pau­sas que am­pli­fi­quen la sen­sa­ción de tiempo vi­vido, creando un efecto se­me­jante al que con­si­gue Ales­san­dro Ba­ricco en Seda. Sin em­bargo, como es el caso en las no­ve­las de Kun­dera, da la im­pre­sión de que Ams­ter­dam tam­bién si­gue una es­truc­tura mu­si­cal. El pri­mer ca­pí­tulo es la ober­tura que plan­tea los te­mas bá­si­cos que des­pués se ex­plo­ran en con­tra­punto en los cua­tro ca­pí­tu­los siguientes.

Ams­ter­dam es una no­vela corta pero su ex­perto ma­nejo na­rra­tivo ame­rita una lec­tura cui­da­dosa. Ian McE­wan se da el lujo de ex­plo­rar «hasta el lí­mite», como di­ría Kun­dera, los te­mas que aborda, pero sin de­jar nunca el re­gis­tro de sá­tira so­cial, lo cual tam­bién le per­mite man­te­ner la le­ve­dad que su­giere Italo Cal­vino. ¿Lle­gan a cum­plir su pro­mesa los dos ami­gos? Es algo que dejo en el aire para que, si tie­nen la oca­sión, lo ave­ri­güen us­te­des mismos.

5 Comentarios en “Leyendo Amsterdam”

  1. maria 30 enero 2010 at 1:06 pm #

    es muy bueno am­pliar njes­tros cvo­no­ci­mien­tos so­bre todo con ar­ticu­los tan in­tere­san­tes una vez mas, gra­cias tu amiga mdla.

  2. maria 30 enero 2010 at 1:07 pm #

    es muy bueno am­pliar nues­tros co­no­ci­mien­tos so­bre todo con ar­tícu­los tan in­tere­san­tes una vez mas, gra­cias tu amiga mdla.

  3. josedepierola 30 enero 2010 at 7:39 pm #

    Ma­ria,
    Gra­cias por sus pa­la­bras de aliento.
    Cor­dia­les sa­lu­dos,
    José de Piérola

  4. carlos julio dávila forero 3 febrero 2010 at 7:52 pm #

    su re­bel­dia de lec­tor, sus aná­li­sis li­te­ra­rios, su ma­nera de es­cri­bir diá­fana y ele­gante ha­cen que yo esté listo a leerlo cada vez.

  5. josedepierola 3 febrero 2010 at 11:21 pm #

    Car­los Julio:

    Mu­chas gra­cias por sus pa­la­bras de aliento.
    Cor­dia­les saludos,

    José de Piérola


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